Hay una frase, que se suele atribuir a Napoléon, que dice “nunca interrumpas a tu adversario, cuando está cometiendo un error”. Y es difícil no pensar en ello, cuando se leen los análisis y comentarios en la prensa frenteamplista sobre el reciente resultado electoral de Brasil. Donde el “padrino” de la izquierda regional, Lula da Silva, sufrió una severa derrota frente a Flavio Bolsonaro.
Todos los análisis que se han leído en La Diaria, Brecha, y otros medios afines al frente Amplio, explican este resultado, para muchos de ellos inimaginable, en base a conflictos binarios y villanos previsibles. La culpa la tienen los ricos explotadores, que por puro egoísmo y discriminación se oponen a los planes del modesto obrero metalúrgico que llegó a cambiar a vida de los humildes. O la tienen las iglesias evangélicas, que convencen a sus fieles (a los que sistemáticamente se define como casi débil mentales) de que la izquierda es el demonio.
Hay quien sostiene que la culpa es de los estados del sur y sureste, que son los más ricos e ilustrados, mientras que a Lula lo votaron los pobres y desposeídos de la región nordeste. Esto es curioso, porque al inicio de la vida política de Lula, quienes más lo votaban eran justamente los estados con mayor poder industrial y con más nivel educativo. Y por el contrario, los militantes de izquierda despreciaban a los votantes del nordeste, que seguían casi como un reflejo de la época de la esclavitud, a sus caudillos regionales. Los tradicionales “coroneles”. ¡Cómo han cambiado las cosas!
El último gran villano de esta película es el llamado “agronegocio”, que ha sido el gran impulsor del crecimiento de la economía en los últimos 20 años en Brasil. Al que se acusa de ser de “ultraderecha”, destructor de la naturaleza, y racista. Poco se dice que fue el crecimiento de ese agronegocio, el que permitió financiar todos los planes sociales que Lula ha impulsado.
Pero más allá de lo que no se dice, el problema es lo que se dice mal.
Es mentira que el problema de Lula hayan sido los “ricos” o las elites”. Los datos conocidos tras las elecciones muestran que el PT votó mejor que en 2022 en todos los circuitos más ricos de Río y San Pablo. Pero perdió en las ciudades y localidades medianas y chicas. Y, sobre todo, perdió en los sectores medios y bajos del electorado.
En los sectores A y B de la sociedad brasileña, Lula subió 2 puntos. En los sectores D y E, Flavio subió 4 puntos respecto a la última elección de su padre. En el sector C, o sea clase media baja, Flavio Bolsonaro derrotó a Lula 53% contra 37%.
Tampoco es realista que el problema de Lula fueran lo evangélicos. Ese sector del electorado ya había votado masivamente a Bolsonaro padre en la elección pasada, y eso no impidió la elección de Lula. Pero fue en el mundo católico, donde el actual presidente perdió más votos, pasando de tener el 54% a un 49%. Todavía gana, pero por mucho menos.
Tampoco fue la abstención, que se mantuvo más o menos en los mismos valores de siempre.
El tema, y esto es lo más difícil de aceptar por parte de la izquierda, es que simplemente la gente cambió su voto, y decidió no acompañarla de nuevo en esta elección.
Se trata de algo natural en el sistema democrático, donde la gente evalúa, y vota de acuerdo a lo que cree será mejor para sus intereses. Pero en el caso de la izquierda, que suele atribuir un carácter moral a todo lo que hace, y que se cree su propio discurso de ser la representante de todo lo bueno y puro, enfrentada a los malos y egoístas, aceptar que la gente no la elija es casi imposible. Esto siempre tiene que ser la consecuencia de alguna fuerza malvada que enturbia la mente de la gente.
En la última edición de Brecha hay una entrevista a na feminista argentina llamada Rita Segato (¡lo que nos estaba faltando en Uruguay!) que esboza un concepto que resume todo lo que está pasando. Según esta señora “hay una alianza que se ha construido entre los más ricos y los más pobres: para esa gente todas las clases que estamos en el medio, somos disfuncionales a la acumulación de concentración (!!), tenemos la muerte como destino”. La realidad es exactamente al revés. Esas clases malvadas, son las que más votaron a Lula.
El problema de fondo tiene que ver con la soberbia, con el desprecio, con el complejo de superioridad moral. Y con recetas económicas y políticas, que no respetan las ansias naturales de superación del ser humano. Nada que no hayamos visto en la historia con las políticas de izquierda. Pero de la cual, por lo visto, esta no está dispuesta a aprender nada.