La independencia hoy

Ayer, feriado y sin diario en la calle, la historiadora Ana Ribeiro conversó sobre el 25 de agosto en Clave País, el streaming de El País. Siempre es un gusto escucharla: hay en su erudición una manera de tratar el pasado que no lo convierte en trinchera. Ribeiro defendió la relevancia de la fecha por encima de las polémicas que suelen rodearla, y lo hizo con el argumento más sólido disponible: el 25 de agosto no se entiende como un acto sino como un momento dentro de un proceso.

Conviene recordar por qué. Aquel día, la Asamblea de la Florida votó tres leyes. La primera declaraba nulos los actos de incorporación a Portugal y al Brasil. La segunda incorporaba la Provincia Oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata. La tercera fijaba el pabellón. La efectivización de esa voluntad de emanciparse del poder extranjero llegó tres años más tarde, en 1828, en una Convención Preliminar de Paz negociada bajo mediación británica, y recién en 1830 el país juró su primera Constitución. Nada de eso le quita mérito a Florida. Al contrario: muestra que la soberanía nunca fue un regalo ni una proclama, sino una construcción trabajosa que, como Ribeiro señalaba ayer, costó mucha sangre oriental.

Ese es también el mejor modo de mirarla hoy. Si la independencia fue un proceso, la soberanía lo sigue siendo. No se conquista una vez y queda guardada. Se ejerce y se defiende en decisiones cotidianas que casi nunca tienen épica y que rara vez se discuten invocando la palabra soberanía.

El primer asunto que se nos ocurre, clave para la libertad de un país pequeño, es su inserción internacional. Uruguay nació chico y en el medio de dos gigantes; jamás tuvo la opción de bastarse a sí mismo. Cuando lo intentó, hacia mediados del siglo XX, terminó en una crisis económica, social y política sin precedentes. Un país pequeño no defiende su soberanía con aislamiento, sino con capacidad de elegir: una inserción que dé libertad, con muchas puertas abiertas y poca dependencia.

Porque si la soberanía no se defiende encerrándonos, mucho menos subordinando nuestra política exterior a un solo socio, por muy importante y querido vecino que sea. No es el mejor homenaje a Juan Antonio Lavalleja y sus hombres ver al Uruguay alineado con Brasil, en cada tema de política internacional, por motivos político-partidarios y no por una lectura serena del interés nacional.

El segundo asunto es fiscal, y suele quedar afuera de los discursos del 25 de agosto. No debería. El Consejo Fiscal Autónomo advirtió que el país se encamina a más deuda y menos margen frente a shocks externos, y las calificadoras marcaron lo mismo al mirar la Rendición de Cuentas. Detrás de esos tecnicismos hay una cuestión política de primer orden: el que se endeuda decide menos. Un Estado con margen elige cómo responder cuando el mundo se mueve; un Estado sin margen acepta lo que le ofrecen sus acreedores y a eso le llama restricción externa. Cuidar las cuentas no es una manía de contadores: es la forma menos vistosa y más eficaz de conservar libertad de acción. El margen fiscal es, en los hechos, margen de política propia.

El tercer asunto es el más incómodo. Porque por mucha cara de indignación con Estados Unidos que ponga Fernando Pereira, la principal amenaza a nuestra soberanía no está allí. También se pierde soberanía metro a metro, adentro, allí donde una organización criminal fija los horarios, cobra peajes y decide quién entra y quién no. En esos barrios la independencia es apenas una formalidad jurídica. El Estado que no llega -o que, siendo generosos, llega con dificultades- no es un Estado soberano. El gobierno presentó un nuevo plan de seguridad y anunció la participación de medios militares en tareas de patrullaje. La discusión sobre esos medios es legítima y necesaria. Lo que no admite matices es el objetivo: no hay soberanía nacional sin autoridad estatal en cada metro cuadrado del territorio.

Los hombres de Florida declararon su voluntad y su visión: que la identidad oriental tuviera un destino libre, soberano e independiente. Doscientos un años después, la fecha sigue siendo lo que Ribeiro recordó ayer: no un monumento a un pasado cerrado, sino el recordatorio de que la independencia se declara una vez y se defiende siempre. En 2026 esa defensa, salvo excepciones, no se hace con armas ni con guerras, sino con decisiones aburridas pero imprescindibles para que los uruguayos podamos seguir eligiendo de verdad nuestro destino.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar