La preocupación por la salud de la democracia liberal, el sistema que asociado con la economía de mercado ha posibilitado el salto más grande de la historia en calidad de vida y bienestar de las personas, crece cada día en círculos intelectuales. Episodios como los ocurridos en EE.UU. o Brasil, con ataques de turbas radicalizadas a las instituciones, o el crecimiento de partidos populistas y raíz autoritaria de derecha y de izquierda en Europa y en América Latina, avivan esta preocupación.
Días atrás el Financial Times publicó un artículo de Martin Wolf, su principal columnista económico que ponía el acento en varios elementos inquietantes.
Según Wolf, la democracia liberal como sistema, no solo está en una “recesión”, sino que califica el momento actual como una verdadera “depresión”, en medio de la cual hay regresiones alarmantes, incluso en los países donde se pensaba que el sistema era más robusto. Según Wolf el problema no es solo político, sino también económico.
Para el analista, el trasfondo de esta crisis que vivimos se debería a que el capitalismo de mercado, cuya enorme contribución a la prosperidad de millones y millones de personas, está en la base de la confianza en la democracia liberal como sistema, también está teniendo fallas. Y ello comienza a minar la legitimidad del sistema democrático, ya que es un sistema que se basa en la obtención de consensos amplios, que necesariamente requieren una confianza de que el sistema, en el mediano y largo plazo, ofrece beneficios palpables a las grandes mayorías.
¿Quién estaría sino dispuesto a asumir los sacrificios de posturas e intereses personales que requieren los consensos, si no tiene la “zanahoria” de un beneficio concreto a la vista?
Un detalle muy interesante que plantea Wolf es que sostiene que el mayor impacto de este proceso se está dando, casualmente, en los países considerados “ricos”. Así explica el episodio de la toma del Congreso en EE.UU., pero también el Brexit, o el surgimiento de líderes demagogos y populistas todo a lo largo de Europa. Según Wolf, esto tiene que ver con el impacto que ha generado el proceso de migración industrial a China, la caída de la productividad laboral, el impacto de las nuevas tecnologías. Pero, sobre todo, las consecuencias sociales de la última gran crisis financiera de 2008, en la cual los gobiernos occidentales tomaron medidas para salvar la institucionalidad económica, que golpearon la economía de las sociedades del “primer mundo”, sin que estas entendieran bien los beneficios de ese sacrificio.
Este fenómeno ha provocado un fenómeno muy humano. Algo que Wolf describe como “miedo a caer” o “ansiedad de estatus”, nombres que explican el sentimiento asfixiante que experimentan muchos jóvenes del “mundo rico”, al ver que no lograrán mantener el tren de mejora en su calidad de vida que tuvieron sus padres.
El diagnóstico de Wolf es inteligente y compartible. E incluso sus propuestas de solución, que van por dar un mayor impulso de apertura comercial, dinamismo económico, y competencia en sectores que la han perdido por completo, son más que de recibo. Pero, por momentos, su mirada parece pecar de un foco demasiado centrado en el mundo desarrollado.
La contracara de esto es lo que está sucediendo en el resto del mundo. Existe en casi todo el mundo en desarrollo una creciente demanda de mayores libertades políticas y económicas, y una mayor comprensión de que los sistemas autoritarios en lo político, y proteccionistas en lo económico, son la causa del estancamiento y la postergación. Y que para llegar a niveles de prosperidad como los que todavía goza el primer mundo, hay que copiar lo que hicieron ellos para llegar allí.
Un aspecto que Wolf no analiza, pero que es interesante sumar al tema, es el demográfico. A medida que las sociedades ricas envejecen en edad promedio, parecen más proclives a privilegiar una seguridad o un sistema más planificado, que los riesgos de una economía abierta y competitiva.
Por último, hay un aspecto central, y que es llamativo cómo incluso los pensadores liberales tienden a subestimar. Y es la resiliencia y capacidad de adaptación del capitalismo de mercado y la democracia liberal. Por momentos pueden parecer caóticos y frágiles en comparación con los sistemas planificados. Pero la experiencia ha mostrado mil veces que es exactamente al revés. Las crisis que muestran hoy en día países como Rusia y China, son una nueva confirmación de este aspecto.