Inmigración, educación y productividad

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Uruguay tiene dos desafíos mayores de largo plazo para sustentar un mayor bienestar social: mejorar la productividad de sus trabajadores y asegurar un crecimiento demográfico capaz de financiar los mayores gastos sociales que implican el envejecimiento de su población.

El problema de la productividad del trabajo es estudiado por distintos economistas y ha vuelto a plantearse como prioridad por quienes conocen de estos temas. Está vinculado no solamente a la calidad de los empleos que puedan generarse con el crecimiento económico, y por tanto a la mejora de los salarios de los trabajadores, sino también a la formación educativa de la mano de obra en el país.

Es evidente que un país con jóvenes bien instruidos puede captar inversiones que exigen cierta tecnificación de la mano de obra, y que por tanto, están dispuestas a pagar mejor por disponer de esos recursos calificados. En definitiva, todo el desafío de la mejora de la calidad educativa está relacionado no solamente con el sostenimiento de una gran institucionalidad democrática, ya que no hay buena democracia si no hay buenos ciudadanos, sino también con la futura productividad y riqueza que aportan los trabajadores en el Uruguay.

Distinto es el tratamiento que se hace de nuestros problemas demográficos. Por un lado, hay un discurso generado por ONG militantes y por agencias internacionales que relativizan la gravedad del estancamiento poblacional del país. Para esta visión de las cosas, no importa tanto que la cantidad de muertes por año sea similar a la cantidad de nacimientos a causa de una brutal baja de las cifras de nacimientos en los últimos dos lustros. Si nos estancamos en la población total, o si incluso se avizora un crecimiento vegetativo negativo, este discurso descuenta que se podrá recibir inmigración internacional que asegure nuestra renovación poblacional total.

Por otro lado, ese mismo discurso internacionalista destaca las virtudes de la inmigración externa: gente por lo general joven con voluntad de trabajo, que debe ser recibida con los brazos abiertos, y que hacen a la riqueza futura de un país que se acepta como multicultural y sin barreras de identidades antiguas que se opongan a los aportes de esos extranjeros llegados casi siempre de otros países latinoamericanos. En definitiva, hay cierto orgullo de volver a ser un país de recepción de inmigrantes como en el pasado.

El problema es que todo ese discurso proinmigración esconde un par de datos importantes. El primero, es que en todos los años en los que en la última década hemos recibido más gente que la que ha partido del Uruguay, los uruguayos siguen presentando un saldo migratorio negativo. Es decir, llegan muchos extranjeros sí, pero hay más uruguayos que se siguen yendo al exterior de los que deciden retornar al país. El saldo general migratorio positivo global es pues una consecuencia del gran aporte extranjero, y no de que los uruguayos hayan decidido quedarse aquí o volver a la Patria.

Los uruguayos mejor instruidos por el sistema educativo nacional son los que emigran relativamente más y de hecho, son suplantados por una mano de obra menos formada, menos productiva y más barata.

El segundo dato es que no hay certeza alguna de que los inmigrantes que llegan estén mejor formados que los uruguayos que deciden partir. En general, siempre se destaca que la inmigración trae mano de obra calificada. Eso seguramente pueda ser cierto para otros países, pero para el caso uruguayo no queda nada claro que lo que se pierde por un lado en calidad de mano de obra -con uruguayos jóvenes que siguen partiendo al exterior-, se recupere por otro lado con inmigrantes bien instruidos y con buena productividad.

Estos dos datos son relevantes para valorar el peso de la inmigración. No para fomentar ni legitimar discursos xenófobos. Pero sí para darse cuenta de que en realidad lo que está ocurriendo es que todos los años llega mano de obra menos formada que la que se va del país, y que eso tiene consecuencias pues en la calidad de los trabajos ofrecidos, en la productividad de la mano de obra general y en definitiva en el bienestar futuro del Uruguay.

No tiene sentido hacer hincapié por un lado en las necesarias mejoras que precisa la educación nacional para que nuestros empleos sean más productivos, si, por otro lado, no percibimos claramente que los uruguayos que mejor instruidos están por el sistema educativo nacional son los que emigran relativamente más al exterior, y que son de hecho suplantados por una mano de obra menos formada, menos productiva y más barata.

No hay que comprar el discurso simplista de ONG y agencias internacionales. El vínculo entre inmigración, crecimiento y productividad es más complejo.

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