EDITORIAL

Google, la prensa y el futuro

La batalla que enfrenta a los medios que generan contenidos periodístico contra las grandes plataformas, es clave para el futuro democrático, pero está a años luz de cualquier referencia en esta campaña electoral.

En Europa y Estados Unidos está llevándose a cabo una guerra silenciosa. Una guerra que enfrenta a las plataformas tecnológicas, Facebook y Google, contra los medios que generan contenidos periodísticos. Se trata de un conflicto que ha tomado rumbos diferentes, de acuerdo a la idiosincrasia de cada nación/continente, y en la que se juega buena parte del futuro del periodismo. Y con él, del sistema democrático tal como lo conocemos.

Esta semana un artículo en The New York Times afirmaba que la cifra que Google ingresó en 2018 gracias a los medios de prensa tradicionales, llegó a casi 5 mil millones de dólares. Según un estudio de la organización News Media Alliance, un 40% del tráfico de Google, tiene que ver con contenidos informativos generados por los medios tradicionales. Cada click hecho en esa plataforma, en busca de contenido informativo, implica dinero que ingresa a Google, y dinero que no ven quienes generan ese contenido. Y la estimación es amarreta.

Porque gracias a ese tráfico masivo global que Google tiene, maneja datos de los usuarios, que le permiten tener una posición dominante a la hora de vender publicidad. Si alguna vez buscó pasajes a Brasil en Google, habrá visto que por la semana siguiente, su pantalla se llenará de avisos de Brasil. Es más, esta posición dominante, que comparte en forma de duopolio con Facebook, le ha permitido bajar el precio de la publicidad digital a niveles ridículos, agravando el padecimiento de quienes deben financiar la generación de contenido de calidad, con fracciones del presupuesto que ese contenido vale. Cuando el lector se enoja porque cada vez más medios de todo el mundo, cobran suscripción para ver sus notas, debe tener claro que esta es la principal razón que los lleva a eso.

La publicación de este informe se da en la semana en que un comité parlamentario de EE.UU. analiza levantar los límites que impone la ley antitrust de ese país, para que todos los diarios americanos puedan unirse y negociar con Google y Facebook una mejora en la tajada que les toca de esta torta. Algo que parece obvio cuando se ve el desequilibrio de fuerzas entre estos dos sectores.

De hecho, también avanza en el sistema político de aquel país la convicción de que ambas empresas se han vuelto demasiado grandes, demasiado hegemónicas, con demasiado poder sobre la sociedad, la economía y hasta la política. Y que un proceso de quiebre como sucedió hace años con la empresa telefónica Bell o con la petrolera Standard Oil, podría ser una solución viable. El propio Donald Trump ha comentado que esa posibilidad está sobre su escritorio, y al menos tres precandidatos demócratas la incluyen en su plataforma.

En Europa se viene siguiendo un camino diferente ante el mismo problema. Las instituciones comunitarias han aplicado a ambas empresas multas millonarias en los últimos años, por tener prácticas que limitan la competencia, al imponer condiciones imposibles a competidores, o directamente comprar al inicio a cualquier empresa que tenga el potencial de molestar su negocio. El problema es que con la cantidad absurda de capital con que cuentan estos dos monstruos, las multas, por más altas que sean, difícilmente les hagan mella.

Algo tienen claro los gobiernos. Hoy quienes sufren las consecuencias de este abuso son las empresas periodísticas. Y también las que producen y comercializan todo tipo de productos, y deben lidiar con el fenómeno Amazon. Pero en breve serán los gobiernos. Si tres empresas concentran cada vez más y más poder y tajada del mercado, imagínese la posición de fuerza en la que se encuentran para negociar el cobro de impuestos, por marcar apenas un detalle.

Pero lo más grave tiene que ver con su impacto en el sistema democrático. El poder que tienen Google y Facebook a la hora de manipular la información que recibe la gente, es algo nunca visto en la historia de la humanidad. No solo sus algoritmos, que nadie sabe bien cómo funcionan, y que determinan lo que usted ve en su pantalla cada día. También su capacidad de decidir quién merece y quién no tener espacio en sus plataforma, resulta de una trascendencia vital para el intercambio de ideas. Todo lo que vemos en materia de campañas sucias en estos tiempos, tiene este fenómeno como gran explicación.

Lo llamativo es que en un año electoral, en Uruguay nadie hable del tema. Un país que por su escala, es de los que tiene más para perder. Más allá de ese intrascendente “pacto” contra las noticias falsas impulsado por APU (que a la vista están sus nulos resultados), el tema no existe. Y es demasiado importante para que eso suceda.

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