Gobernar sin ganas

Hay caídas en desgracia que ocurren en silencio. No hacen falta grandes escándalos, ni una crisis extraordinaria, ni un hito que visibilice el fracaso. Alcanza sólo la constatación de cómo la desidia y la improvisación se van apoderando de una gestión. Eso es lo que viene mostrando la Intendencia de Montevideo. Una administración sin energía, sin ambición transformadora y, lo que es peor, sin demasiadas ganas ni siquiera de disimularlo.

La secuencia de los últimos días en torno a la obra vial más importante para Montevideo en décadas es demasiado reveladora como para dejarla pasar. El gobierno nacional pidió a la Intendencia una contrapropuesta técnica para resolver el tránsito de los nuevos BRT por superficie, sin túnel en 18 de Julio. La tenía que presentar el lunes de la semana pasada y trabajó “a contrarreloj”, pero como no llegó pidió un día más para terminarla.

No se trata de un detalle anecdótico. Es una postal de época. Cuando se discute una intervención de esta magnitud, que puede moldear la movilidad y el espacio público de la capital por generaciones, no es serio llegar con la lengua afuera, pidiendo horas extra para “terminar” lo que debió estar pensado hace mucho tiempo.

Pero incluso más grave que la improvisación es el criterio político que asoma detrás de la resistencia al túnel. Según informó El País, en la Intendencia pesa especialmente la preocupación por los plazos de la obra y por “llegar a 2029”, año de elecciones nacionales, seguido de 2030, cuando habrá elecciones departamentales. Es difícil recordar una expresión tan descarnada de mezquindad política. La pregunta no parece ser cuál es la mejor solución para Montevideo, ni cuál dejaría una ciudad más moderna, más eficiente y más transitable para las próximas décadas.

La verdadera pregunta parece ser cuál alternativa genera menos costo político en el calendario electoral. Se decide la infraestructura del siglo mirando antes el almanaque partidario.

La escena sería menos inquietante si al menos se tratara de una excepción en un tema. Pero no lo es. En Montevideo la precariedad en la conducción ya se volvió rutina. Ahí están, otra vez, las inundaciones. Otra vez las calles anegadas, los autos atrapados, los vecinos lidiando con una ciudad que colapsa cuando llueve un poquito fuerte. Y otra vez también una respuesta política que parece diseñada para no incomodar a nadie: Mario Bergara dijo que “no es una cuestión nueva” y que es un problema que “tenemos que abordar”.

El diagnóstico, por supuesto, nadie lo discute. Justamente porque no es nuevo, porque todos saben dónde pasa y porque hace muchos años que se repite.

Esa es la esencia del problema montevideano. Una resignación total a cualquier idea ambiciosa y superadora de ciudad. Nada se resuelve de raíz, todo se diagnostica y se emparcha. La basura, las veredas rotas, el tránsito cada vez más insoportable, las inundaciones recurrentes, la decadencia del espacio público. Montevideo es la capital de un país con USD 25.000 de PBI per cápita y su infraestructura es mucho más decadente que la de muchas ciudades de vecinos más pobres. No es un problema económico, es de ambición.

Y la gente, naturalmente, lo percibe. Las encuestas son muy duras con Bergara pese al poco tiempo que lleva en el cargo. Equipos registró 37% de desaprobación y 28% de aprobación; Cifra fue todavía más severa: 52% desaprueba y 29% aprueba. No son números normales para una gestión tan temprana. Tampoco parecen fruto de una campaña opositora particularmente eficaz. Son, más bien, la expresión de algo mucho más simple: los montevideanos ven una ciudad decadente y ninguna ilusión de que eso cambie.

Porque la gente no es tonta. Puede tolerar errores, puede entender límites presupuestales, puede incluso aceptar que algunas soluciones complejas llevan tiempo. Lo que no tolera indefinidamente es la sensación de que del otro lado no hay convicción, ni urgencia, ni pasión por hacer. Un capítulo aparte merece el análisis de porqué ante esta situación la oposición ha sido incapaz de plantear una alternativa seriamente competitiva. Pero eso quedará para otras páginas. Lo más preocupante de esta Intendencia no es lo que hace mal. Es la impresión cada vez más extendida de que gobierna sin plan ni ganas. Más allá de la decisión efectiva, la forma y argumentos en las que el Intendente participó de la decisión “del túnel” son un reflejo inequívoco de esto.

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