Una multitud colmó la Puerta del Sol, icónica plaza de Madrid, la semana pasada para saludar y apoyar a María Corina Machado, la carismática líder antichavista venezolana.
Mientras esto pasaba en Madrid, varios presidentes y líderes políticos de izquierda se reunían en Barcelona para un encuentro llamado “En defensa de la democracia”, aunque en realidad su objetivo era buscar formas de frenar a “la derecha”. Con el presidente del gobierno español Pedro Sánchez como anfitrión, concurrieron la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, el colombiano Gustavo Petro, el uruguayo Yamandú Orsi, el expresidente chileno Gabriel Boric y el gobernador de la Provincia de Buenos Aires Axel Kiciloff entre otras figuras del mundo llamado “progresista”. Algunas de ellas cómplices de dictaduras como la de Chávez y Maduro o la de Cuba.
Lo lógico sería pensar que tratándose de un encuentro “en defensa de la democracia” y estando María Corina Machado en Madrid, se aprovechara la ocasión para rendirle homenaje y presionar para que regrese a Venezuela la tan postergada democracia. Pero eso no sucedió. Machado no se hubiera sentido cómoda con gente que, pese a ser ella la más decidida opositora a la dictadura chavista, la cuestiona y la subestima.
Más que defender la democracia, el objetivo del encuentro fue el de presentarse como “alternativa” ante el avance de la derecha en el mundo. El verdadero sentido no fue el que dio nombre al encuentro sino el de fortalecer las opciones de izquierda, moderada y no tan moderada.
No debe permitirse que la izquierda, cualquiera sea, monopolice el concepto de democracia, porque al hacerlo ésta deja de ser tal. Sin embargo, el encuentro de Barcelona expresó su temor a que partidos que no son como los suyos, ganen elecciones y los desplacen.
En España, el “sanchismo” (¿podrá seguir llamándosele el PSOE?) está aferrado al poder por dos razones. La primera y más obvia, porque Pedro Sánchez no lo quiere soltar por nada en el mundo. La segunda, porque teme que un triunfo parcial del Partido Popular (PP) lleve a una alianza con Vox, considerado un partido de extrema derecha. Lo paradójico es que eso mismo hizo Sánchez para ser investido como presidente del gobierno español. Debió aliarse con partidos de extrema izquierda como Podemos, Sumar y Bildu, así como del ultranacionalismo catalán de derecha, Junts, que lidera Carles Puigdemont.
Defender la democracia es defender a la izquierda y a la derecha. No a sus vertientes más extremistas y radicales, que suelen ser populistas y autoritarias, sino a las que genuinamente creen en el Estado de Derecho, la separación de poderes, el pluralismo y las libertades individuales.
Días pasados los europeos celebraron la derrota electoral del presidente húngaro Víctor Orbán. Considerado un autoritario de ultra derecha, llevaba 16 años en el gobierno. Amigo de Putin (y también de Trump) y enemigo de la asediada Ucrania, desarmó las instituciones democráticas húngaras, cercenó la libertad de prensa y otras libertades civiles y se convirtió en una suerte de dictador al punto de convertirse en un serio problema para la Unión Europea.
El ganador es Péter Magyar que empezó haciendo política junto con Orbán pero luego fue tomando distancia. Magyar desconfía de Putin y se solidariza con Ucrania, se apoya en la Unión Europea y quiere reconstruir las horadadas instituciones democráticas de Hungría. Pero es un político de derecha. No de extrema derecha, pero sí de derecha.
Al final de cuentas eso es lo que importa en estos tiempos de democracias asediadas. No que los líderes sean de uno u otro bando, sino que tengan claras convicciones democráticas, de respeto a las libertades y derechos individuales. Que entiendan que el poder del gobernante nunca es absoluto y debe ser acotado y que la existencia de los tres poderes que se controlan y equilibran entre sí, es para garantizar las libertades de las personas.
Eso es lo que no comprendieron los “progresistas” de Barcelona. O lo entendieron, pero no les importa porque para ellos esa presunta “defensa de la democracia” es válida mientras los que estén en el gobierno sean ellos, Y desde esos gobiernos sigan defendiendo a dictaduras como la de Cuba y se sientan cercanos a un Putin que es, confesamente, un ultraderechista.
Mientras tanto, María Corina Machado continúa su lucha por el retorno de una genuina democracia en Venezuela, aunque a Trump no la convenza mucho y Sánchez y sus amigos la prefieran lejos.