Una de las noticias internacionales más relevantes de esta semana fue el retorno a Venezuela de María Corina Machado. La valiente Premio Nobel de la Paz lo logró después de ocho meses, emitiendo un mensaje esperanzador: “estoy aquí, con ustedes”. Su partido Vente Venezuela, guiado por el objetivo de “dejar atrás el socialismo y construir la República Liberal Democrática”, divulgó en un tuit que “María Corina pisa nuevamente el suelo venezolano y su llegada anuncia el reencuentro de todas las familias, que pronto volverán a estar unidas en nuestro país”.
Por más que haya intereses que prefieran definir el futuro político de la nación hermana de forma diferente, la opción es clara: sigue Delcy Rodríguez como vergonzante títere de su otrora enemigo EE.UU. o se llama a elecciones en el más breve plazo, para legitimar otra vez a la verdadera representante de la voluntad popular: María Corina Machado.
El papel que está jugando la potencia del norte sigue siendo ambiguo: aunque en lo declarativo manifiesta la voluntad del restablecimiento democrático, en los hechos está perpetuando la satrapía chavista por mera conveniencia económica.
Por un lado, un secretario de Estado sensible a los valores democráticos de Occidente como es Marco Rubio, ha sido claro en que “las condiciones que permitieron el regreso seguro de la señora Machado a Venezuela son el resultado directo de las conversaciones de reconciliación apoyadas por EE.UU., que ya han logrado la liberación de cientos de presos políticos y el retorno del exilio de cientos de dirigentes opositores. Esperamos que todos los actores políticos respalden estas conversaciones, que representan la mejor oportunidad que ha tenido Venezuela en treinta años para alcanzar pacíficamente no solo unas elecciones libres y justas, sino también una democracia duradera”. Pero al mismo tiempo, el presidente Donald Trump ha declarado a la prensa que María Corina “es una mujer muy agradable. Me entregó su Premio Nobel, así que ¿qué otra cosa puedo decir? Espero que esté a salvo. Es una mujer muy agradable. Pero nos está yendo realmente bien en Venezuela”. Es un “pero” bochornoso, que transparenta la intención de la administración estadounidense de mantener el statu quo.
¿Hasta qué punto el enlentecimiento del cronograma electoral se debe a una precaución contra la inestabilidad institucional? ¿Es de verdad la seguridad personal de los opositores lo que persigue la administración Trump o la simple continuidad de un ventajoso negocio petrolero? La respuesta es a esta altura de Perogrullo, porque el propio Trump ha declarado recientemente que “quiero dar las gracias a Venezuela, donde nuestra relación se ha vuelto muy buena, una gran relación, y miles de millones de dólares están invirtiendo allí las mayores compañías petroleras, muchas de ellas provenientes de Texas. En Venezuela se están creando empleos que, hace apenas un año, nadie habría imaginado siquiera como posibles. Además, estamos extrayendo mucho petróleo para nosotros, mucho.
Venezuela llegará a ser un país próspero y, quién sabe, tal vez pronto se convierta en un próspero estado número 51. Convirtámoslo en el estado 51 y, en lugar de presidente, celebraremos elecciones para elegir un gobernador, ¿qué tal?”. La dictadora venezolana ha expresado su rechazo a esta peregrina propuesta. Pero en paralelo siguió obstaculizando el retorno de María Corina Machado y cualquier esperanza de restablecimiento institucional en su país.
Al mismo tiempo, las izquierdas latinoamericanas parecen más preocupadas por mantener a Delcy, desgastada y vendida pero sobreviviente del chavismo, al fin y al cabo. Aquel discurso de que Machado era una “agente de la CIA” -que escuchamos decir incluso a legisladores oficialistas de nuestro país- ahora no vale para quien entrega petróleo y dignidad a cambio de perpetuarse en su poder corrupto.
Cada vez se hace más patente cómo la izquierda se muestra dispuesta a defender lo indefendible con tal de mantener parcelas de poder, en un continente que se despierta de un largo y escandaloso sueño “progresista”.
Lo grave es que las credenciales democráticas tampoco abundan del otro lado, mientras EE.UU. privilegie intereses económicos a la promoción de la libertad, el gran legado que dejaron sus padres fundadores.
El último orejón del tarro sigue siendo el sufrido pueblo venezolano, con un ansia de libertad y autodeterminación que continúa postergándose, entre la dictadura de izquierda y el oportunismo trumpista.