El triunfo de un pueblo libre

Hace exactamente veinticinco años, un martes de cielo limpio en Nueva York, dos aviones de línea llenos de pasajeros fueron convertidos en misiles y estrellados contra las Torres Gemelas. Un tercero se incrustó en el Pentágono y el cuarto cayó en un campo de Pensilvania porque un puñado de pasajeros, que ya sabía lo que estaba ocurriendo, decidió que ese avión no iba a llegar a Washington. Murieron cerca de tres mil personas de más de noventa nacionalidades en poco más de una hora y media, frente a las televisiones de todo el planeta.

Los que teníamos edad suficiente recordamos dónde estábamos esa mañana, igual que una generación anterior recordaba la llegada del hombre a la luna. Pero el 11 de setiembre no fue apenas un trauma visual, fue una bisagra para la humanidad. Cambió la manera de viajar, de vigilar, de legislar, de entender la seguridad. Cambió el mapa de Medio Oriente y el humor político de Occidente. Hay guerras, ocupación, conflictos y una larga discusión sobre libertades civiles que empiezan esa mañana.

Conviene recordar lo que vino después, porque la tentación de archivar el tema es fuerte. Bin Laden fue eliminado en 2011, Al Qaeda quedó descabezada, pero el yihadismo no desapareció, mutó. Apareció el Estado Islámico con su califato territorial y su pornografía de la decapitación. Aparecieron los atentados de Madrid, de Londres, el Bataclan, el camión de Niza, el estadio de Manchester. Apareció el lobo solitario radicalizado por internet, que no necesita entrenamiento en Afganistán ni una estructura que lo financie, apenas un auto y un cuchillo. Y siguen los grupos que operan a sus anchas en el Sahel, donde el terrorismo directamente administra territorios enteros.

Desde acá todo eso parece lejano o un problema sólo para el hemisferio norte, lo que es un grave error. América Latina ya puso sus muertos, ochenta y cinco en la AMIA en 1994, veintinueve en la embajada de Israel en Buenos Aires en 1992, y hasta hoy sin un solo condenado. La Triple Frontera sigue siendo una zona gris de contrabando, lavado y financiamiento. Ningún país está vacunado, y nosotros solemos caer en el engaño de la excepcionalidad uruguaya dónde aquí nada puede pasar, hasta que pasa.

Hay algo más, y es lo que menos se comenta en los aniversarios. Estados Unidos recibió el golpe más brutal sufrido en su territorio y no se convirtió en otra cosa. Siguió votando, en plazo y en fecha. La prensa que podía haberse alineado detrás del gobierno investigó y publicó las fallas de inteligencia y el fiasco de las armas de destrucción masiva. Una comisión bipartidista dejó por escrito todo lo que el Estado había hecho mal y la Corte Suprema falló en contra al gobierno en Guantánamo, en plena guerra y con el propio presidente como parte.

Estados Unidos demostró sus principales fortalezas en su momento de mayor debilidad. La compasión frente a las víctimas, la libertad de prensa irrestricta, los pesos y contrapesos de su sistema institucional funcionando sin vacilaciones y una sociedad civil activa y vigorosa que enfrentó la reconstrucción como una gran tarea nacional. Sobran los testimonios de bomberos, policías y civiles que pusieron en riesgo sus vidas, y a veces hasta las perdieron, intentando ayudar a las víctimas. Las muestras de un pueblo sensible ante la tragedia y vigoroso frente al terrorismo demostraron el temple norteamericano, que no en vano ha construido la historia más excepcional de búsqueda de la libertad a lo largo de un experimento que este año cumple su 250 aniversario. Esa es la lección que se nos escapa cuando el aniversario se reduce a la liturgia del minuto de silencio. La respuesta más eficaz al terrorismo no fue militar, fue institucional. Fue la testarudez de una sociedad que absorbió el peor día de su historia reciente sin suspender elecciones, sin clausurar diarios, sin entregarle al miedo la llave de la casa. Y fue la gente concreta de esa mañana, los bomberos que subían por las escaleras mientras todos bajaban, los pasajeros del vuelo 93 que se plantaron ante secuestradores armados sabiendo que ya no había salida.

El terrorismo apuesta a que nos cansemos, a que la memoria se afloje y la guardia se baje, porque su capital no es militar sino psicológico. Veinticinco años después, con las torres reemplazadas por un edificio más alto y con dos piletas negras donde estaban los cimientos, la obligación no es solamente emocionarse una vez por año. Es no aceptar el argumento, cada vez más audible, de que los derechos son un lujo que la seguridad no puede pagar.

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