El tránsito: una realidad que alarma

Quizás sea efecto de que, en Semana Santa, al no pasar nada en áreas que normalmente son fuente de noticias, otras cobran más relevancia. De todos modos, el número de accidentes, muchos con saldo trágico, y la forma en que ocurrieron obligan a una reflexión sobre lo que está pasando en el tránsito.

La crónica policial suele informar que hubo un accidente, dar el número de muertos y heridos, señalar dónde fue pero luego los días pasan y la gente no se entera de lo más importante: ¿por qué ocurrió?

Difundir la causa de un accidente es fundamental para tomar nota de lo que no debe hacerse o ante que situaciones hay que estar prevenido. Siempre hay un responsable, no necesariamente un culpable, por lo sucedido. Si fue una falla mecánica quizás el vehículo debió haber pasado por una revisión previa, si fue por un error de uno de los conductores, es necesario saber cuál fue el error.

En todos los casos de esta semana, los conductores pasaron la prueba de la espirometría. El alcohol nada tuvo que ver con los accidentes. O sea, hay otras causas que no están a simple vista. Durante mucho tiempo se puso énfasis en el “alcohol cero”, pero según lo ocurrido, no es ahí donde está el problema.

La pregunta es qué otras causas inciden en accidentes cuyo saldo ha sido dramático: cuatro de los cinco ocupantes de un auto muertos (dos de ellos niños) y un quinto muy grave en un choque en que una camioneta avanzó desde atrás sobre el auto, ambos yendo en el mismo sentido. Al no saber exactamente como ocurrió, es difícil sacar conclusiones respecto a responsabilidades.

La solución podrá encontrarse en mejores regulaciones o medidas estrictas, pero ante algunos casos, nada se puede hacer. Si la causa es una falla mecánica más allá de recordar que es bueno revisar el auto antes de salir, no hay más que decir.

Si el conductor cabeceó mientras manejaba, podrá insistirse en que es bueno salir solo si se está bien descansado, pero también eso es relativo porque al final recae en lo que el conductor subjetivamente entiende por sentirse despejado para manejar.

Importa que una ruta descarte la mayor cantidad de escollos. Que las banquinas estén en buen estado, que la señalización sea clara, que las rayas blancas y amarillas al costado y al centro estén bien pintadas y mantenidas.

Un problema que exaspera a muchos conductores es que en rutas recientemente convertidas en doble vía, se exageró con el numero de rotondas. Eso obliga a que un tránsito que viene a una “velocidad crucero”, deba detenerse esperar que vayan pasando uno a uno y luego, una vez superado el escollo, caer en el reflejo “revancha”: los fastidiados aceleran para recuperar tiempo perdido, añadiendo un riesgo innecesario. La única solución segura, aunque costosa, es la de que el camino local cruce a nivel del terreno y la ruta vaya por arriba o por debajo, evitando que una y otra se toquen. En ese sentido, en Uruguay hay un inmenso atraso y es hora de ponerse al día.

La velocidad también importa. Por un lado, muchos entienden que en una ruta bien diseñada (una autopista, por ejemplo) las altas velocidades ayudan a que el movimiento fluya. En Alemania esas vías no tienen límite. Pero es un hecho que un impacto entre vehículos que van muy rápido termina en tragedia.

Un ejemplo interesante es la regulación de velocidades en rutas como la Interbalnearia. Por un lado, la medida cayó en el absurdo de disponer de abruptos cambios de velocidad (de 110 a 60 de un solo salto) en una doble vía rápida por la que se paga peaje. También es verdad que un control bien ejercido lleva a que el tránsito se mueva con fluidez y orden.

En Uruguay, con muchas de sus rutas de una sola vía en cada dirección, el problema más serio es el de los autos que sobrepasan la raya amarilla y terminan en choques frontales que casi siempre dejan un tendal de muertes. Acá juega la imprudencia y también la irresponsabilidad. Son maniobras que lindan en lo criminal.

Lo visto en esta semana debería generar alarma y obligar a tomar medidas. Pero por más medidas que se tomen, por más que aumente la vigilancia en las rutas, por más que se ordene con sensatez las velocidades, al final el responsable último es quien maneja un vehículo. Su prudencia, la atención que ponga, el cuidado brindado al auto antes de viajar, el respeto a las señales y las normas de tránsito, son todas actitudes que ayudan a que las rutas sean más seguras y eso, al final de cuentas, depende de quien esté al frente de un volante.

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