El Frente Amplio en la oposición

Está pasando políticamente algo muy particular a la vez que previsible: la izquierda gobernante, que está teniendo enormes problemas de gestión, de rumbo y de evaluación pública, se queja de que sufre de parte de los partidos tradicionales una crítica feroz que daña la convivencia democrática y que perjudica la suerte del país.

Es previsible que el oficialismo político y cultural diga todo esto porque cumple con dos objetivos. En primer lugar, en momentos de dificultades, apunta contra la oposición de manera de abroquelar tras la pertenencia común izquierdista a muchos de sus simpatizantes que hoy están siendo críticos del gobierno. En segundo lugar, es la forma más fácil de intentar repartir responsabilidades por los fracasos de la administración Orsi: por ejemplo, si hay una mala evaluación de la gestión gubernativa democrática, es porque hay un discurso opositor de odio o alguna expresión similar.

Pero la verdad de las cosas es que este gobierno no tiene enfrente a una oposición metódica, radical y potente. Y no se trata de comparar con otras democracias actuales para verificar esta sobria caracterización. Alcanza en realidad con recordar un poco lo que fueron las últimas oposiciones a los gobiernos de blancos y colorados encabezadas por el Frente Amplio (FA) y sus aliados sindicales.

En primer lugar, está la acérrima e irresponsable oposición que realizó la izquierda al gobierno de Jorge Batlle (2000-2005). Una perspectiva izquierdista hegemónica benevolente ha logrado hacer creer a muchos que el FA ejerció por esos años, en los que sufrimos la circunstancia de mayor crisis financiera, económica y social desde los años 1930, una oposición prudente. Pero no fue así, y baste recordar para ello dos ejemplos.

El primero refiere al momento en que se estaba negociando en Estados Unidos una salida que diera un shock de confianza para terminar con la corrida bancaria, a fin de julio de 2002: el líder de la oposición, Vázquez, declaraba, por esas horas aciagas, que sufríamos un caos global. En vez de colaborar al menos con su silencio, se dedicaba a tirar leña al fuego.

El segundo concierne las declaraciones de varios dirigentes del FA justificando, entendiendo o directamente anunciando los episodios de saqueos ocurridos a fines de julio de 2002, en el peor momento de la crisis. Marenales, Zabalza, Cores, Gargano, entre otros, en vez de ser terminantes en el sentido de oponerse a tales desmanes, se pusieron del lado de quienes, al decir de Gargano, pasaban “hambre”. Y por cierto, el asunto no fue menor o anecdótico: fueron decenas de personas las que terminaron procesadas, y decenas de comercios y almacenes los que fueron saqueados por patotas que, además, robaron sobre todo cigarrillos, bebidas alcohólicas y perfumes.

La irresponsable oposición frenteamplista al gobierno de Lacalle Pou está más fresca en la memoria. En la primera semana de marzo ya estaba convocado un paro en la educación; luego, cuando se declaró la pandemia, la izquierda sindical llamó a un caceroleo; también, de nuevo Vázquez, afirmó que lo que había que hacer era encerrarnos a todos para contrariar el avance de la pandemia; y quizás lo más asombroso e indignante haya sido, en momentos en los que se sabía que había que evitar aglomeraciones para cortar el ciclo de contagios del coronavirus, el llamado de la izquierda política y sindical en general y del por entonces senador Michelini en particular, a juntar firmas en favor del referéndum contra 135 artículos de la ley de urgente consideración. Y si tal cosa implicaba aglomeraciones, había que hacerlo igual.

En los dos casos, frente a circunstancias extremas, a la izquierda no le importó absolutamente nada la suerte del país. Sus golpes, constantes y permanentes, cuando faltaban en ambas oportunidades más de dos años para las siguientes elecciones, atacaron a los gobiernos de Batlle y de Lacalle Pou de la manera más radical posible.

Y si eso se llevaba puesta la estabilidad política y económica en 2002, o si se llevaba puesta la salud pública con miles de muertos por la pandemia en 2021, a la izquierda nunca le importó.

La diferencia entonces es tan abismal como evidente: nadie puede decir hoy que los partidos tradicionales estén devolviendo con la misma e infame moneda al gobierno del FA su actitud opositora. Importa tenerlo claro, porque decir lo contrario es alimentar un relato mentiroso. Un relato que la cultura política izquierdista quiere instalar para no asumir su gobierno lleno de fracasos.

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar