El reciente congreso del Frente Amplio ocurrió en un momento muy delicado de esa fuerza política. Que hoy gobierna el país, pero con niveles de desaprobación pública sin precedentes. Que enfrenta enormes problemas de cohesión interna y de renovación de liderazgos, tras la desaparición física de sus tres máximos dirigentes históricos. Y que más allá de eso, parece estar teniendo un proceso de divorcio con la sociedad uruguaya, como no se veía en varias décadas.
La decisión probablemente más conocida por el gran público tras este congreso, sea tal vez la única comprensible. Y es la de mantener a Fernando Pereira como presidente del Frente Amplio. Pereira se ha vuelto con el tiempo (y cada vez más) una figura intragable para cualquier uruguayo que no sea genéticamente frenteamplista. Pero también es verdad que con su tono agresivo, su discurso cada vez más resentido y “setentero”, y su capacidad de operación en las sombras, y entre las interminables rondas de mate de cada comité de base, es tal vez el único que logra sostener el vínculo cada vez más tóxico entre el partido político y el gobierno que el mismo eligió.
Pero más allá de la cantada elección de Pereira, todo lo que se ha conocido de ese congreso, trae un asfixiante olor a naftalina, a debate de asamblea universitaria de los años 70, a sectarismo y resentimiento. Es como viajar en el túnel del tiempo a un mundo sepia y avinagrado.
Según la prensa, uno de los temas que más movilizó a esta audiencia de “la base” frentista, fue el de la política exterior. Allí el debate se centró en dos puntos, primero la condena a Israel por lo que denominan el “genocidio”, “limpieza étnica” y “apartheid”. Y, segundo, la crítica al “bloqueo” de Estados Unidos contra Cuba, al cual en un rapto de originalidad lingüística calificaron como “genocidio silencioso”.
Sería bueno pedirles a los congresistas cómo se explica que haya un bloqueo contra Cuba, con el hecho de que su propio partido haya enviado un cargamento de alimentos y medicinas a la isla. ¿Los dejaron pasar? ¿O tal vez fue allí que se perdieron las varias toneladas de leche en polvo, de las que el gobierno no tiene registro, y que al parecer el gobierno revendió a sus famélicos ciudadanos?
El nivel de terraplanismo que sigue mostrando la estructura de base del Frente Amplio respecto a la tragedia cubana, producto de 60 años de un experimento político y social fracasado y violador contumaz de todos los derechos humanos, le quita toda respetabilidad a cualquier pronunciamiento que ese partido pueda hacer sobre cualquier tema de política internacional. En especial sobre el conflicto de Medio Oriente.
No contentos con eso, los militantes del FA volvieron a la carga con el tema del aumento de impuestos en general contra la población, y esa ridícula propuesta de gravar a los supuestos millonarios. Según se expresó allí, “el debate sobre aumento de impuestos no puede ser un tabú para la izquierda”.
No, claro. Simplemente es tabú para el resto de la sociedad uruguaya, que se encuentra asfixiado por el peso de un estado que se queda con la porción del león del ingreso de los trabajadores y empresas, pese a lo cual sigue pidiendo prestado cada año un 4% del PBI para poder equilibrar sus cuentas. Algo que no va a durar para siempre. Es insólita la capacidad de disociación del militante frentista. Resulta que su propio gobierno les dice que aplicar más impuestos es imposible, pero ellos eligen seguir aferrados a la ilusión de que la olla no tiene fondo.
El tercer tema más comentado, fue el de la reforma de la seguridad social. Allí los militantes hicieron una especie de flagelación pública porque su propio gobierno no cumplió lo que había prometido, que era llevar la propuesta delirante del “diálogo social”, de estatizar las AFAP. Algo que, para empezar, iba a volver mucho más caro para el ministro Oddone, el salir a pedir prestado al mundo la plata que precisa para cubrir sus cuentas.
Si algo confirmó este congreso frentista, es que el proceso de divorcio entre la sociedad uruguaya, y ese partido que ha sido casi hegemónico en el último cuarto de siglo, solo se va a profundizar en los próximos años. Es abismal la distancia que existe entre una sociedad que quiere prosperar, integrarse al mundo, y vivir con seguridad y saludable ambición de progreso personal, y un partido político cuya base militante está anclada en un mundo que desapareció hace medio siglo. Y cuya receta de éxito pasa por un paternalismo estatal asfixiante, cada vez más incompatible con el mundo actual.