Cosecharás tu siembra

El victimismo frenteamplista contra lo que definen como “discurso de odio” de la oposición parece hacer realidad el título de aquella vieja telenovela argentina.

Hoy prácticamente no existe dirigente de izquierda que no se queje del hartazgo opositor -tanto desde las declaraciones de políticos como en exabruptos difundidos en las redes sociales- frente a un gobierno que no despega con agenda propia y se limita a devolver pelotazos en forma descoordinada y con caras de circunstancia.

A medida que van sintiendo en carne propia la desaprobación pública, lejos de ponerse de acuerdo para marcar un rumbo cierto y acallar voceros extravagantes o contradictorios, optan por disparar contra la oposición, la prensa y los usuarios de las redes, diseñando un villano de cómic al que denominan “la ultraderecha” y culpan de todos los males.

No hay día en que el presidente del FA, Fernando Pereira, no apele al victimismo y a una caricaturización del adversario que, a esta altura, no se la cree ni él mismo. En la primera página del manual de comunicación política está que la desaprobación no se corrige limitándose a satanizar al adversario, sino cambiando uno mismo.

Con la inteligencia que lo caracteriza, el publicista de izquierda Claudio Invernizzi ha reconocido en La Diaria Radio que “el propósito de la comunicación de gobierno es potenciar los aciertos y disimular los errores. Nosotros estamos viviendo la etapa en la que se potencian los errores y se disimulan los aciertos”. Pero incluso él incurre en simplificaciones cuando dice que “la derecha capitaliza con facilismo los enojos” y “es capaz de parir un Trump, un Milei o un Netanyahu”, pero sin mencionar que la izquierda multiplica a los Ortega, los Díaz-Canel y las Delcy… Señala que Milei en Argentina “conectó con el enojo de la gente”, pero omite que también conectó con el hambre de esa gente y su indignación ante un gobierno K que llevó la corrupción a niveles estratosféricos.

Más allá de estas parcialidades y omisiones del ámbito intelectual, debe llamarnos a preocupación que, en los últimos días, se acumulan declaraciones oficialistas favorables a limitar la libertad de expresión.

La senadora Blanca Rodríguez lo ha dicho explícitamente: “que haya personas que siembran odio desde determinados niveles de reconocimiento público habilita a otros a proceder en consecuencia. Yo creo que hay que penalizar los discursos de odio, en las redes, en los podios y en los micrófonos”. La propuesta es de una extrema gravedad, tal vez atribuible al desconocimiento de la senadora de que dicha conducta ya está debidamente penalizada en nuestra legislación.

La mención explícita de “las redes, los podios y los micrófonos” parece implicar que ella aspira a controlar desde el poder lo que opinan no solo los usuarios de X sino también los políticos y hasta los periodistas. Una agresión mayúscula a la tradición republicana y liberal del país.

Al mismo tiempo, el siempre sorprendente prosecretario de presidencia Jorge Díaz manifestó al programa de streaming Alweso que “yo soy muy partidario de la libertad de expresión como derecho humano fundamental. Pero sostengo que los bots y los trolls no son seres humanos, entonces en ese caso no aplica la libertad de expresión”. El jerarca se equivoca: es cierto que los bots son cuentas automatizadas, pero los trolls sí son humanos: militantes que por vocación o como trabajo -y desde cuentas en general con nombres falsos- procuran influir en el debate público, a veces de manera violenta, otras con falsedades. Pero todo esto debería saberlo él más que nadie, porque las redes están inundadas de trolls del FA que, organizados en grupos de Whatsapp, coordinan temas de sus publicaciones para generar tendencias.

Lo que declaran la senadora Rodríguez y el prosecretario Díaz coincide en un mismo punto inquietante: el gobierno califica como odio solo aquello que lo cuestiona. Cuando Pereira dice que la Coalición le niega un plato de comida a los niños pobres o María Julia Muñoz define al gobierno de Lacalle como el más corrupto de la historia, parecería que para ellos ese es un discurso de amor y paz. Payasesco.

Sería bueno que entendieran que no obtendrán aprobación ciudadana amordazando a quienes piensan distinto y lo comunican desde las redes, el podio o el micrófono.

Sería conveniente, incluso, que dejaran de mirarse en el espejo de los totalitarismos que toleran y admiran, y asumieran el significado de la palabra democracia.

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