El próximo miércoles se cumple medio siglo de un puente magnífico que cambió la geopolítica regional: el puente internacional General San Martín, que une Puerto Unzué (Gualeguaychú, Argentina) con Fray Bentos (Uruguay), tiene más de cinco kilómetros y es por lo tanto el puente internacional más largo de Sudamérica.
No se trata de recordar la efeméride del medio siglo por el mero hecho de señalarlo. Detrás de esta construcción hay varias dimensiones que deben resaltarse. En primer lugar, la cooperación binacional que logró llevar adelante el puente y que llevó varios lustros. Se inició en 1960 y definió dónde podía ser el mejor lugar para concretarlo. En 1967, los dos países avanzaron en el campo diplomático y en 1972 lo hicieron directamente en la obra, con un consorcio Puente Internacional generado para tal objetivo.
Llevó un costo superior a 20 millones de dólares de la época. En definitiva, no se realiza una obra de esta magnitud de un día para el otro. Como siempre, se precisa proyectar un largo plazo de buenas relaciones con nuestros vecinos para poder realizar estas infraestructuras que cambian realidades regionales.
En segundo lugar, está justamente el cambio que el puente San Martín generó en los vínculos bilaterales. Hoy, es la principal entrada desde Argentina a Uruguay en temporada alta de turismo, por ejemplo. En este sentido, no solamente es el principal camino para visitar el este del Uruguay en vacaciones, sino que ha sido factor sustancial desde los años ochenta en el desarrollo del principal balneario de Río Negro que es Las Cañas, recibiendo allí fuertes inversiones argentinas. También, es gracias a él que se pudo dinamizar una región entera de nuestro litoral mucho más cercana a Buenos Aires, que es la gran metrópoli del Río de la Plata, que lo que siempre lo estuvo en el pasado.
En efecto, desde 1976 y partiendo de Fray Bentos se recorren menos kilómetros para llegar a la capital argentina que para alcanzar Montevideo. Finalmente, la mayor cercanía con la cuenca productiva de Entre Ríos es un enorme potencial para que inversiones radicadas de este lado del río Uruguay puedan contar con más materia prima para industrializar: sobre este razonamiento, por ejemplo, se ha basado el desarrollo potencial forestal-industrial que hemos tenido en los últimos veinte años.
En tercer lugar, es evidente que los años setenta es la última gran época de enormes inversiones en infraestructura bilateral con Argentina -se suma en esta descripción, claro está, Salto Grande que inició su generación eléctrica en 1979-. Hubo una explicación financiera que no puede omitirse: fue una época de grandes recursos internacionales disponibles a bajas tasas de interés. Pero también hay una explicación política, de una ambición en el Río de la Plata capaz de mirar al futuro sin trabas ideológicas que ponen en tela de juicio el desarrollo económico de toda la región. En efecto, alcanza con comparar el talante que permitió inaugurar este puente con el que treinta años más tarde habría de generar la instalación de Botnia en Río Negro, con agresiones y bloqueos por parte de nuestros vecinos argentinos, para valorar grandemente esta época de los años sesenta y setenta que fueron capaces de construir juntos un futuro promisorio de cooperación económica.
Como toda efeméride bien analizada no se trata solamente de contar lo que ocurrió en el pasado, sino que se trata también de darnos cuenta de que ese talante constructor y cooperativo sigue siendo muy necesario en el Río de la Plata. Hay, por lo menos, dos dimensiones que se destacan a futuro. En primer lugar, la cooperación en el plano energético: ¿acaso no es tiempo ya de que Uruguay se plantee seriamente el desarrollo de más fuentes de energía limpias y potentes, como la energía nuclear, y que pueda recurrir a la enorme experiencia argentina en la materia para trabajar en conjunto el tema? En otro orden, pero también sustantivo: ¿acaso con el desarrollo fenomenal de inversiones en energía, minería y agricultura, que son los tres pilares en los que se está apoyando hoy Argentina, no conviene plantear la construcción de un puente más que ligue esta vez Buenos Aires con alguna localidad de Colonia?
Siempre habrá quienes se opongan al desarrollo y al progreso. Pero lo que demuestra este medio siglo del puente San Martín es que las obras de infraestructura de este tipo son enormes inversiones que potencian la prosperidad de las sociedades. Influyen en ellas por muchas décadas y de manera muy positiva.