Editorial

Ciencias sociales y anomia

Es claro que lo que enfrenta la Facultad de Ciencias Sociales con este centenar de indigentes es una muestra de la profunda ineptitud del discurso izquierdista, infantil y torpe, que confunde autoridad con autoritarismo.

Hace un par de semanas el semanario Búsqueda dio cuenta de una particular situación que sufre la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República. La información pasó bastante desapercibida entre tanta omnipresencia del fútbol mundial, pero no deja de ser una increíble síntesis de la anomia social que aqueja al país.

Ocurre que en el edificio céntrico ubicado en Constituyente y Martínez Trueba donde funciona la Facultad de Ciencias Sociales, hay personas en situación de calle que no son para nada estudiantes, ni docentes, ni funcionarios, pero que sí utilizan las instalaciones universitarias. Esas personas se conectan a internet, por ejemplo, en los salones en los que hay computadoras previstas para uso estudiantil; se encierran discretamente en algunos salones para pernoctar cuando ya no queda ningún funcionario en la Facultad; y en algunos casos de individuos que parecen alcoholizados o con problemas mentales, orinan y defecan dentro de la Facultad, pero no en los baños previstos para tales naturales necesidades humanas, sino en los salones de clase.

No son pocos los que así se comportan. De acuerdo a la crónica, se trata de cerca de unas cien personas en total, que han incluso molestado el normal funcionamiento de los salones de computadoras y que, por supuesto, generan problemas para los funcionarios administrativos que deben lidiar con ellos. Pero lo increíble del caso no termina allí.

Resulta que el decano de esa Facultad ha declarado que "están trabajando" para encontrar una solución al tema. El "estar trabajando" del decano implica que acoger a personas en situación de calle durante el día y la noche en esa Facultad es "una función que le corresponde a la sociedad toda" y por tanto, según su visión, ese centro de estudios es en este sentido también "responsable de la situación". La Facultad ha tomado contacto con el ministerio de Desarrollo Social y con organizaciones no gubernamentales que se dedican a estos temas, de forma de establecer "ámbitos de intercambio para buscar alternativas a esta población". Asimismo, se supo que se estaba evaluando la posibilidad de prestar asistencia a esas personas en el marco de una "práctica de extensión universitaria".

Hay un concepto muy conocido en ciencias sociales que es el de anomia: se trata de la falta de normas de ciertos individuos de la estructura social, y es también utilizado para señalar a las sociedades o grupos que en una sociedad sufren del caos debido a la ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas.

Es claro en este caso que lo que enfrenta la Facultad de ciencias sociales con este centenar de indigentes es un ejemplo paradigmático de anomia social, ya que allí no se respetan las normas elementales de buena conducta que permiten cierta socialización dentro de los márgenes normales a los que la inmensa mayoría de los individuos de esta sociedad estamos acostumbrados.

Sin embargo, la anomia social no solamente es evidente en el caso de los indigentes que hacen sus necesidades en los salones de clases de la Facultad. Hay también una clara incapacidad de parte de las autoridades de esa Facultad pública por hacer cumplir las normas más sencillas de urbanidad y respeto social: esa Facultad sufre cierto caos social porque no está dispuesta a aplicar las reglas sociales más elementales.

Es que en el mundillo biempensante progre, políticamente correcto e ideologizado en base a interpretaciones infantiles de Michel Foucault o de tonteras pseudoizquierdistas posmayo francés, cualquier ejercicio de la autoridad es visto como una especie de represión patriarcal, autoritaria, reproductora del orden capitalista, injusto, excluyente, avasallador y que agrede al más indefenso de la sociedad.

Es seguramente por todo ese blablablá adolescente tan extendido en nuestras caricaturescas ciencias sociales que a las autoridades de esa Facultad no se les ha ocurrido cumplir con su elemental deber de hacer respetar la ley para que reine el orden social que garantiza la libertad individual: echar a esos indigentes, garantizar por tanto el buen funcionamiento del centro de estudios y fiscalizar la entrada de forma de que estudiantes, docentes y funcionarios puedan hacer sus tareas con tranquilidad y en seguridad en ese establecimiento.

Este episodio de Facultad de Ciencias Sociales muestra la profunda ineptitud del discurso izquierdista, infantil y torpe, que confunde autoridad con autoritarismo. Desde allí se abre paso la anomia social que infelizmente se va extendiendo en el país. Da mucha pena.

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