En nuestro editorial de ayer citábamos una reveladora entrevista que hizo el semanario Brecha a la antropóloga argentina Rita Segato. Se trata de alguien que ha desarrollado un discurso radical en términos de feminismo, racismo y desigualdad. Es representativa de un dogmatismo de izquierda duramente enfrentado a los pensadores liberales. En la nota citada, aporta conceptos curiosos, como cuando explica la violencia de género por una “fragilidad masculina”, que “está en aumento constantemente, porque los hombres están cada vez más frágiles por muchas razones, pero básicamente por la razón económica, con el ritmo de la gran acumulación-concentración”. Por lo visto el conspiracionismo académico ya no solo explica los robos por las carencias de la pobreza -una razón baladí que afrenta a las personas vulnerables que se esfuerzan honestamente por mejorar su situación- sino que suma esa motivación a un fenómeno como el de la violencia de género. Es igualmente absurdo, porque dicho flagelo se da trágicamente en todos los niveles sociales. Pensar que la necesidad económica explica que un hombre golpee, lastime o mate a su pareja, es un reduccionismo tan torpe como insultante.
En otro pasaje, Segato arremete contra la presunción de que los cambios deben procesarse a través de la acción del Estado: “el problema es que el feminismo se centró en el Estado y pensó que si resolvía los problemas en el Estado, ya estaban resueltos. Y no es así. Nuestros Estados tienen por error de fundación una gran exterioridad con relación a la vida de la gente. Un niño, una persona así, de un barrio, ve al Estado como una cosa externa, como un policía con una pistola en la cintura y una maestra racista”.
Hay que haber quedado congelado en el anarquismo expropiador de principios del siglo XX para considerar que quien se enfrenta a un funcionario público lo percibe como represor o indeseable.
Pero el segmento más extravagante es el que citamos en nuestro editorial de ayer. Para explicar el triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta de Brasil, Segato manifiesta que “hay una gran alianza que se ha construido entre los más ricos y los más pobres: para esa gente, todas las clases que estamos en el medio, que somos disfuncionales a la acumulación de concentración, tenemos la muerte como destino”. En su peculiar análisis, la derrota del lulismo no obedeció a errores propios sino a una conspiración entre ricos y pobres, una extravagancia que no se le hubiera ocurrido al más imaginativo escritor de ciencia ficción.
Es gracioso cómo esta intelectual (famosa además por apoyar la cancelación de su compatriota Ariana Harwicz, a quien acusa de negar el “genocidio palestino”), da una explicación exactamente antagónica a la que los gobiernos salientes de izquierda en el continente han atribuido como causas de sus fracasos.
La hipótesis a la moda entre ellos es que sus gobiernos mejoraron el poder de compra de la clase media y que ésta luego votó a la derecha, porque de golpe se volvió materialista. Se lo hemos escuchado decir a Gustavo Petro, a Alberto Fernández, a Andrés López Obrador y a varios otros. Se basan en la llamada “Teoría del ser de la clase media” de otro inefable intelectual argentino, el filósofo José Pablo Feinmann:
“La clase media no quiere ser lo que es. Quiere ser clase alta. Tiene terror a ser pobre. En esta coyuntura, ¿qué hace? Cuando la derecha la arroja a la pobreza, la clase media se une a los pobres. Larga la consigna: ‘piquete y cacerola, la lucha es una sola’ y surgen los gobiernos populistas. Cuando recupera su nivel adquisitivo, la clase media se harta de los gobiernos populistas y se une a las clases altas. Cuando lo hace, las clases altas vuelven a hundirla en la pobreza y ahí entonces, la clase media vuelve a reclamar a los gobiernos populistas. De este círculo viscoso y vicioso, Argentina y América Latina tienen que salir. Su destino está más cerca de las clases pobres de lo que cree, porque las clases altas gobiernan para ellas y si necesitan mandar a las clases medias a la pobreza, las van a mandar”.
Es una simplificación en la que ni siquiera incurriría un niño de primer año de escuela, pero resuena por lo visto en ciertos ambientes académicos, como una verdad revelada.
Los intelectuales de izquierda tendrán que ponerse de acuerdo sobre a quién culpar de sus fracasos electorales: ¿es a la maligna conspiración entre pobres y ricos o al materialismo ególatra de la clase media?
Tal vez se deba a algo mucho más simple: la gente se cansó de que les mientan y se afanen todo.