Buena voluntad y frustración

Es una de esas noticias que vuelven periódicamente a la actualidad: vecinos de Montevideo que toman iniciativas para limpiar algunas playas, o para blanquear el entorno de algún monumento público, de esos que están sufriendo graves degradaciones sin que ninguna autoridad reaccione.

Esta vez se trató de la mugre desperdigada por doquier durante semanas, en la playa Pocitos. Un par de vecinas de buena voluntad dedicaron horas de su vida en el día feriado del 25 de agosto a juntar basura dentro de bolsas de nailon y dejarlas allí para que fueran luego levantadas por los servicios de la intendencia de Montevideo. Fueron numerosas bolsas y todas muy pesadas. Luego, a raíz de esa iniciativa, se previó algo similar para la playa del Buceo. Por supuesto, hace años que todo esto ocurre: son cada vez distintos vecinos hartos de no poder disfrutar de una caminata por una playa y que deciden hacer el trabajo que debería realizar la intendencia.

Algunas veces, por ejemplo, se trató de razones más ecológicas, como juntar basuras de plástico de manera de evitar ese tipo de contaminación. Otras veces directamente los vecinos dedicaron horas a limpiar drásticamente todo tipo de desperdicios. Y algo similar ocurre, como es sabido, cuando se organizan grupos de montevideanos que compran pintura blanca, por ejemplo, para quitar así la suma de grafitis espantosos que manchan el entorno de tantos monumentos y plazas. O que, con dineros propios, se ponen a reparar algunos de esos entornos a base de pequeños arreglos que intentan quitar la fealdad que todo esa desidia y dejadez de espacios públicos generan.

Por un lado se puede decir que es una gran iniciativa. En definitiva, la gente se harta de vivir en un lugar feo y desalineado y frente a la pasividad de quien debiera ocuparse del tema, y que es pago para ello, toma las riendas del gobierno de su barrio y arregla por su cuenta lo que está roto, limpia lo que está sucio, y guarda así la secreta esperanza de que todo eso perdure en el tiempo de manera de que su esfuerzo no haya sido en vano. Pero, por otro lado, se trata también de una señal de enorme frustración estructuralmente mal canalizada.

En efecto, si todos constatamos en todas partes de Montevideo que los monumentos están mal cuidados, que la mugre de las playas no es solamente tal o cual en particular sino que es la norma en toda la capital, que todo está mal iluminado, que las calles tienen un pésimo mantenimiento, que hay señales de tránsito que están degradadas y algunas ni siquiera figuran correctamente en donde se las precisa, y toda una lista larga de etcéteras que todos sabemos que existe, la respuesta no puede ni debe ser solamente o parcialmente la de tomar el toro por las astas de manera grupal o individual. Porque es posible que esa iniciativa solucione algo por un tiempo. Pero la verdadera respuesta, la de fondo, la más importante, precisa que se transiten dos caminos ineludibles.

El primer camino es el de la queja y la acción ciudadana y política potente: responsabilizar a las autoridades del gobierno de Montevideo del desastre en que han convertido a la ciudad. Y no solamente con iniciativas de tal o cual persona o grupo llamando a tal o cual número, sino haciendo el ruido ciudadano que todo esto exige a través de las distintas plataformas cívicas, políticas y de redes que sabemos que existen para poder efectivamente expresar la situación que se sufre. Que todos así veamos que hay una sanción social, un enojo político y una reacción ante tanta desidia de parte de la intendencia de Montevideo.

El segundo camino es tan o más importante que el primero. Los montevideanos tienen que mayoritariamente cambiar su voto y dejar de apoyar al Frente Amplio. Si, por ejemplo, hubiere entre las almas de buena voluntad que limpian esas playas en sus días libres algún votante de la izquierda, realmente estaríamos ante una especie de síndrome de Estocolmo político, porque esa persona está apoyando con su voto a quien le daña su existencia. Esa muestra de buena voluntad ciudadana estaría por lo tanto sustancialmente mal encarada: simplemente le estaría facilitando la vida a unas autoridades y a unos burócratas municipales que de ninguna manera lo merecen porque, en realidad, son paupérrimos.

Los montevideanos tienen que reaccionar. Quejarse, señalar errores y mostrar hasta qué punto Montevideo está degradada. Pero también expresarse con su voto. Porque sino la buena voluntad terminará siempre en enorme frustración.

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