El Codicen aprobó una normativa que dispone que cada salón de clase escolar deberá contar con retratos de José Gervasio Artigas, de José Pedro Varela, y de Enriqueta Compte y Riqué, lo que molestó a algunos docentes y, por supuesto, a buena parte de la izquierda frenteamplista más vinculada a los asuntos de la educación. Además, la iniciativa prevé que se recuerden las figuras históricas de la educación nacional, y también la figura que lleve como nombre el centro educativo concreto.
Es muy saludable que se preste atención a los símbolos nacionales. En efecto, la construcción de un país no surge de un repollo. Es importante entonces que las nuevas generaciones tomen contacto tempranamente con los actores históricos que tuvieron un gran protagonismo en una definición clave de nuestra nacionalidad: la temprana democratización de la educación, que es sobre la cual se sustenta en el largo plazo nuestra tan envidiable calidad republicana de gobierno.
Desde aquel “sean los Orientales tan ilustrados como valientes”, pasando por el “sembrador de abecedario”, como bien calificó Víctor Lima a José Pedro Varela, y terminando por quien impulsara los primeros jardines de infantes, hay en los tres retratos fijados por el Codicen un reconocimiento particular a una trayectoria que se inicia en la Patria Vieja, pasa por la modernidad de finales del siglo XIX, se desarrolla en el siglo XX, y que es la que pone en el centro de la atención a la educación de quienes más lo precisan para forjarse un futuro mejor que son, obviamente, las clases medias y populares.
No todos los países americanos tuvieron un Artigas que prestara tanta atención a la educación popular. Tampoco hubo tantas élites como Varela fuera del Río de la Plata, que multiplicaran escuelas gratuitas y obligatorias por todo el territorio nacional: en el caso de Chile, por ejemplo, ese esfuerzo democratizador llegó casi medio siglo más tarde que en Uruguay.
Y por supuesto que el esfuerzo de alcanzar a los más pequeños en el jardín de infantes, que hoy se sabe es fundamental para el desarrollo cognitivo de los niños, también debe ser destacado.
La construcción de un país no surge de un repollo. Es importante que las nuevas generaciones tomen contacto tempranamente con los actores históricos que tuvieron un gran protagonismo en una definición clave de nuestra nacionalidad.
¿Puede llamar la atención que la izquierda se moleste por estos símbolos? Por un lado es claro que no, ya que ella cuenta con una vertiente internacionalista que, definitivamente, descree de cualquier anclaje nacional en la identidad colectiva.
Para esa izquierda da lo mismo nacer en Uganda que en Bolivia o en Uruguay, ya que en definitiva la liberación anticapitalista será una cuestión mundial que no reparará en itinerarios locales. Es más: promover diferencias, es decir atender a los símbolos propios de cada país que reconocen trayectorias destacadas como es el caso de nuestras tres figuras históricas, no hace más que demorar ese alumbramiento revolucionario y globalista.
Por otro lado, seguramente a muchos integrantes de la vieja guardia izquierdista la declarada molestia de las nuevas generaciones zurdas frente a esta iniciativa debe resultar chocante. En efecto, si se atiende a la identidad frenteamplista de hace medio siglo, es claro que Artigas figuraba dentro de sus figuras admiradas: ¿cómo oponerse entonces a que un retrato del prócer esté en el aula? ¿Por qué afirmar, como lo hizo el exconsejero frenteamplista de Primaria Caggiani, que es una decisión con “olorcito a naftalina”?
Y para el caso de Varela, que hizo incluso que el popular dúo Los Olimareños pusiera música al “sembrador de abecedario”, cantando en parte de su letra: “cuando me voy a la escuela Don José Pedro ¡qué bien! Si viera usted qué contento me vuela por dentro pensando en usted”, seguramente la vieja guardia frenteamplista también vea con malos ojos que la izquierda de hoy pueda considerar “vetusto” que se defina que en todas las escuelas tenga que haber una imagen de ese gran educador nacional.
Hace bien el Codicen en prestar atención a los símbolos y honrar a quiénes, en nuestro pasado nacional, prestaron tanta atención a la educación popular. Pero, además, su decisión permitió que toda la ciudadanía tomara clara consciencia acerca del desvarío sustancial que caracteriza a las nuevas generaciones del Frente Amplio, esas que serían reales protagonistas del poder si la izquierda ganara las próximas elecciones, y que afirman con total seguridad de que tiene “olor a naftalina” poner un retrato de Artigas, de Varela y de Compte y Riqué en las aulas del país.
Definitivamente, el afán opositor radical y la convicción internacionalista- globalista son hoy el peor rostro de la izquierda. Hay que tenerlo muy claro.