Asumir semejante cambio

Las encuestas que se manejan en ámbitos reservados, sumadas a la evidente sensación térmica percibida en todas partes, van todas en el mismo sentido: el Frente Amplio (FA) y su máxima dirigencia actual, junto a sus posibles candidatos más probables para la próxima elección, están siendo muy mal evaluados por la ciudadanía, tanto a nivel de imagen pública como también de intención de voto futura.

Obviamente, cuando faltan nada menos que tres años para las próximas elecciones cualquier analista serio debe llamarse a prudencia antes que sacar conclusiones apresuradas sobre quién será el próximo presidente o qué mayoría tocará a tal o cual partido en la próxima Legislatura 2030-2035. No solamente porque es una tontería proyectar desde hoy resultados cuando falta tanto tiempo para efectivamente vivir la elección nacional, sino también porque es evidente que las urgencias y prioridades del país, hoy, no pasan por esos asuntos.

Sin embargo, la mera expresión de esa situación de opinión pública con relación al FA está instalando una novedad que, de por sí, es rupturista. En efecto, prácticamente en los últimos treinta años de estudios de opinión pública acerca de intención de voto y de imágenes de los principales líderes políticos del país es la primera vez que la izquierda no está siendo la que más respaldo obtiene, y es la primera vez que sus figuras no son las que más simpatía cosechan. Siempre, en todas estas décadas, había habido una especie de obviedad sistémica que condicionaba todo el juego de partidos políticos: el FA era mayoría, al menos relativa, en el apoyo popular, y ya sea Vázquez, Mujica o incluso Astori eran mejor valorados que liderazgos tan importantes como los de Lacalle Herrera, Sanguinetti, Batlle o cualquiera que, en cada coyuntura del país, se destacara particularmente entre blancos y colorados.

Que eso esté cambiando radicalmente a partir de esta administración Orsi es muy difícil de procesar para políticos y analistas de distintos pelos políticos. Más aún, que la desaprobación del presidente esté en guarismos similares a los que sufrió el presidente Batlle durante una de las crisis más importantes de la historia del país como fue la de 2002, también es algo muy difícil de digerir para tirios y troyanos. Por un lado, están los que naturalmente exigen prudencia en el análisis, pero esconden tras esa postura una negación real de lo que se está viendo tanto en compulsas teóricas como en el latir de la calle: que el FA ya no es lo que era en cuanto a fuerza hegemónica política y cultural.

Por otro lado, están los que asumen que este cambio está instalado, pero naturalmente se cuidan de señalar que es irreversible. En definitiva, aquella frase de que “el susto despertó al mamado”, que terminó siendo eficiente para describir la evolución de la campaña de 2014, por ejemplo, en el segundo triunfo de Vázquez, bien podría aplicarse a la situación de hoy. El FA, ciertamente, es una poderosa fuerza política que hace más de un cuarto de siglo que es quien llega primero en las elecciones nacionales, y por lo tanto una circunstancia adversa actual bien podría, quizá, revertirse por razones estructurales favorables a la izquierda de aquí a 2029.

Entre tantas dudas y asombros, hay una dimensión de este cambio tan importante que no termina de dejarse entrever con claridad. Se trata, en efecto, de los cambios sociales y de comunicación que están golpeando en todas partes en Occidente y que obviamente más temprano que tarde estarán teniendo protagonismo también en nuestras costas políticas. Es verdad que nuestra configuración de partidos es estable. Pero también es verdad que hay exigencias ciudadanas que se han ido acumulando, y que las nuevas generaciones, politizadas a través de algoritmos personalizados y de caminos propios y distintos a las anteriores, no tienen la paciencia que sí tenían las viejas adhesiones partidistas a sus causas de tantas décadas.

Sin liderazgos como los de antes, con expectativas frustradas, sin unidad y rumbo bien marcado, con errores de gestión gravísimos: ¿por qué suponer que una ciudadanía como la uruguaya, que entiende de política, va a seguir adhiriendo con el mismo vigor que hace veinte años a un gobierno y a una fuerza política que no está a la altura de la exigencia que implica gobernar bien?

Hay que asumir cabalmente lo que estamos viendo. No porque esté ya derrotado el FA pensando en 2029. Pero sí porque implica un cambio que nunca había ocurrido a lo largo de todo este siglo XXI político del Uruguay.

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