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Tiempo de decisión

Enrique Martínez Larrechea | Montevideo
@|¿Fin del ciclo histórico de hegemonía de la izquierda?

En las décadas de 1950 y 1960, Uruguay experimentaba estancamiento económico, un vacío de liderazgo (provocado por la muerte de Herrera, Fernández Crespo y Luis Batlle), una creciente inquietud social y sindical y el comienzo de la violencia política que nos precipitaría en la dictadura de 1973. Diversos proyectos políticos proclamaban la falta de vigencia de los partidos tradicionales y promovían “tercerías”. Algunas de esas alternativas fueron el Ruralismo (en la década de 1950) y la Unión Popular (la alianza de Erro y el Partido Socialista, en 1962); otra, fuera de la ley, fue la guerrilla urbana del MLN.

Mientras tanto, el Partido Comunista uruguayo (PCU), que históricamente nunca logró obtener por sus propias fuerzas más de un solo senador, propugnaba la “unidad de las izquierdas”, que le permitiría potenciar su influencia política controlando un frente “popular” más amplio.

Pero chocaba con el sano escepticismo de la democracia cristiana y de otros sectores, que veían a la Unión Soviética pisotear cualquier disidencia (en Hungría, en Cuba, en Checoslovaquia).

Piezas claves de esa visión estratégica fueron la creación de la CNT, en 1964, y el “Congreso del Pueblo”, de 1965. Finalmente, por cálculo electoral, por conformismo, o por el encanto de la ensoñación socialista de esa época, el resto de la izquierda se avino en 1970 a construir con el PCU un Frente político más amplio, una “colcha de retazos”.

El resto de la historia la conocemos. El FA alcanzó solo el 18% de los votos en 1971(provocando la derrota de Wilson, por entonces única alternativa real de gobierno y de cambio). Participó del Pacto del Club Naval en 1984; gobierna en Montevideo desde 1990; quebró el bipartidismo en 1994, y en 2005, 2009 y 2014 se impuso en el gobierno, con mayorías parlamentarias durante 15 años. En el proceso, construyó una irresistible hegemonía cultural en Montevideo y la zona metropolitana, imponiéndose en las artes, los medios de comunicación y en buena parte de la academia. ¡La estrategia fue espectacularmente exitosa!

Sin embargo, sesenta años después, ese ciclo parece haber llegado a su fin: el exitoso gobierno de Luis Lacalle Pou, el Partido Nacional y la Coalición Republicana, ha prevalecido en tres consultas populares desde 2019; el “Frente” ya no es tal; se apoya hoy en el PCU, que controla sus bases, y en el antiguo MLN (quien también, merced al carisma de su caudillo, José “Pepe” Mujica, construyó a su vez un partido, hoy mayoritario en la política uruguaya: el Movimiento de Participación Popular (MPP). Los sectores seregnistas, socialdemócratas, centristas, así como los desgajamientos relevantes de los partidos tradicionales, han desaparecido por completo, así como sus viejos líderes, Seregni, Vázquez y Astori; la central sindical, antiguo instrumento, devino en centro estratégico y hoy controla y conduce y genera los grandes hechos políticos (recurso de referéndum contra la LUC, plebiscito contra la ley de la seguridad social).

Para colmo, la elaborada tradición ideológica e intelectualista de la izquierda en sus diversas versiones (la historia se repite como farsa) la encarna hoy una fórmula que no puede expresar una sola idea relevante (a veces ni siquiera una sentencia completa, con sujeto, verbo y predicado).

Habiendo construido parte de su identidad por el sacrificio de muchos militantes durante la dictadura, hoy la izquierda disimula mal su anacrónica adhesión a Cuba y Venezuela, y a la sistemática violación de los derechos humanos que esos pueblos hermanos sufren.

Ante la evidencia del fin de ese ciclo histórico el PIT CNT y el PCU, al fin y al cabo los grandes diseñadores de aquel proyecto estratégico, idearon una nueva y sorprendente estrategia.

En efecto, a diferencia de las dictaduras citadas, que alcanzaron el gobierno y en un proceso de veinte años sumieron a sus países en el hambre y la pobreza (como herramientas de control totalitario), la izquierda uruguaya ha decidido invertir la secuencia: primero empobrecer y hundir al país y sumirlo en la crisis fiscal, para luego gobernar sin que nadie tenga margen alguno de maniobra.

Con el plebiscito de la Seguridad Social se aseguran, de ser aprobado, embolsar a disposición de un comité adicto (seguramente formado por el PIT-CNT) 23.000 millones de dólares del ahorro de los ciudadanos. Esto no solo empobrecerá brutalmente al país y lo precipitará en una irrecuperable crisis fiscal. También aseguraría el control financiero y político de la sociedad y daría fuerza a la problemática continuidad de su tambaleante hegemonía política-metropolitana y cultural. Esta vez, quizás, por otros 60 años más.

Será sin duda una novedad histórica: la primera vez que el socialismo empobrecerá a un país antes (o al mismo tiempo) en que busca acceder al gobierno. El destino es el mismo.

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