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Sistema político en CTI

Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|El sistema político uruguayo no está en crisis, está en terapia intensiva.

La confianza ciudadana ha entrado en paro cardiorrespiratorio y los monitores de las encuestas no mienten: interés en la política desplomado, más del 60 % de los uruguayos declaran que les interesa “poco o nada”, tres de cada diez se declaran directamente “descreídos” o “desinteresados”, y la palabra que más se repite al evaluar la gestión es “decepción”. No es un bache, es un colapso.

El sistema ha devorado a la política; lo que alguna vez fue liderazgo con vocación de servicio se ha convertido en una galería de caricaturas, rostros reciclados, discursos enlatados, consignas que se repiten como mantras vacíos hasta perder todo contacto con la realidad.

Izquierda y derecha, oficialismo y oposición, todos repiten el mismo libreto de promesas que nunca llegan, reformas cosméticas y explicaciones técnicas para justificar la inoperancia; el resultado es predecible, un electorado asqueado que ya no cree ni en los que gobiernan ni en los que hacen oposición.

El dogmatismo ha reemplazado al debate; el cálculo electoral ha sepultado la audacia, y el pueblo, harto, empieza a mirar para otro lado.

Pero he aquí lo disruptivo, ese mismo asco está gestando algo nuevo, de las ruinas del viejo sistema está naciendo una ciudadanía que ya no pide migajas.

Exige reescritura total de las reglas. Ciudadanos que no vienen de los pasillos del Palacio Legislativo ni de las mesas de los comités partidarios, vienen de la calle, del trabajo, de la frustración acumulada. Son los que ya no se conforman con votar cada cinco años y callar; quieren un Estado al servicio de la gente, no una maquinaria que se sirve de la gente.

Esta nueva ciudadanía no pide “más diálogo”, pide cambio estructural, no quiere parches, quiere reforma constitucional profunda, quiere romper el candado de un sistema que premia la mediocridad, la reelección indefinida de los mismos apellidos y la profesionalización de la política como carrera vitalicia, quiere mecanismos reales de democracia directa, rendición de cuentas permanente, límites estrictos al financiamiento privado de campañas, revocación de mandato y una Constitución que deje de ser un museo de 1967 para convertirse en el contrato vivo de una sociedad del siglo XXI.

Serán esos ciudadanos, no los partidos tradicionales, los que pasen a la historia; los que se yergan como pilares y obeliscos de principios no negociables, transparencia total, eficiencia estatal, meritocracia, libertad responsable y un Estado que resuelva problemas en vez de generarlos. Serán reconocidos por sus acciones concretas, no por sus discursos, por haber empujado la reforma que transforme al viejo sistema en la puerta de entrada a los cambios urgentes, educación de calidad real, seguridad sin demagogia, salud sin listas de espera eternas y un modelo productivo que deje de depender de subsidios y clientelismo.

El sistema político uruguayo está en el CTI. Bien; que entre en paro, porque solo cuando muera el modelo actual podrá nacer algo mejor.

La nueva ciudadanía ya está en la sala de espera, no viene a salvar al paciente moribundo, viene a desconectarlo y a construir un país donde la política vuelva a ser vocación de servicio y no negocio de élite.

El momento no es de tibieza, es de disrupción; o cambiamos las reglas de raíz o seguiremos muriendo lentamente de decepción crónica.

La elección ya no es entre izquierda y derecha, es entre el pasado que agoniza y el futuro que reclama nacer, y ese futuro tiene nombre, ciudadanía consciente, organizada y dispuesta a refundar la República.

¿Estás adentro o seguís esperando que los mismos de siempre te salven?

El CTI ya suena, es hora de desconectar el respirador artificial.

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