Marcelo Marzol, estudiantes de Humanidades | Montevideo
@|Reiteramos nuestro llamado de atención acerca de la desaparición de fachadas montevideanas con detalles de significativo “valor diferencial”: histórico y simbólico así como material y artístico, traducible incluso en valor económico. Creemos que hace falta una reglamentación actualizada y efectiva para que los barrios puedan crecer y modernizarse sin perder su carácter histórico; sin desvalorizarse.
Nos gusta el lugar donde vivimos; queremos seguir reconociéndolo sin sentirnos desplazados “a prepo” si se tira abajo todo cuanto se encuentre a la vista. Hay que estudiar caso por caso antes de demoler. Y hay que aprender a integrar los valores artístico-materiales que ofrecen las antiguas fincas a los nuevos emprendimientos de mayor altura. Los elementos originales, que hoy serían de difícil y costosa manufactura, representan una marca de diferenciación a tener muy en cuenta.
Sin embargo, debido a arraigados prejuicios, pereza y malos cálculos, por lo general optamos por la destrucción total; dilapidamos el propio patrimonio cultural y económico; nos empobrecemos en más de un sentido.
Todo el mundo se sorprende del “muestrario” montevideano y de cómo lo desperdiciamos. Ante la ignorancia y la indiferencia, poco a poco desaparece nuestro variopinto paisaje de fachadas, fruto del talento y del esfuerzo de artesanos; resultado de tantas inquietudes y trayectorias. Legado material y sensible de tantas generaciones que han sabido dar la bienvenida a diversas culturas y tendencias; el mismo paisaje que nos dice dónde y cómo vivimos hoy. ¿Cuánto nos estimamos? ¿Qué esperamos del futuro?
Si apagamos los dispositivos por un rato y nos aventuramos a explorar nuestro espacio, descubrimos que los detalles de antiguas edificaciones despiertan la imaginación; nos recuerdan que hay distintas formas de ver, de sentir y de hacer. Son fuente de inspiración y de información histórica, reveladora de nuestras inquietas identidades colectivas, esas ideas que nos hacemos de nosotros mismos y que cambiamos con el tiempo, pero que nos permiten entendernos mejor si no borramos sus huellas. Porque no basta con la última foto para saber quiénes somos. Cuidar la diversidad de fachadas nos permite reconocernos como “civilizados”, no por imitar un supuesto modelo como solía creerse, sino al contrario, por aprender a respetarnos a pesar de la variedad de opiniones, de gustos, de estilos de vida y de expresión.
Al igual que en el trato cotidiano, también en el ecléctico paisaje apreciemos la convivencia. Apreciemos las diferencias en lugar de combatirlas. ¿O vamos a destruir todo y sustituir Montevideo por otra cosa? ¿Una ciudad cualquiera y monótona?