@|Hemos sido testigos, desde siempre, de cómo el comunismo juega con la Psicología Social y cómo aplica su capacidad indecente y entrenamiento perverso en el manejo tendencioso de masas a través de engañosos silogismos y falacias diversas.
Tanto es así que, aún siendo minoría en todos los ámbitos que discurre, siempre se las arregla para dominar posiciones y trascender su ideología primaria y estereotipada.
Siempre han sido más o menos 80.000 pero: ¡oh magia del oficio sublimado! Hoy detentan el poder gremial y también la Dirección del Frente Amplio a través de su presidencia. ¡Pavada de logro para cuatro gatos locos!
Se nos dirá: ¿cómo es eso posible? Es muy claro. La causa es: el uruguayo medio no es militante activo de nada, es muy cómodo, no se toma el trabajo de participar y si bien tiene a su favor que tampoco es dogmático, peca por irresponsabilidad y desidia (incluyendo a los “políticos”) visto el estado de las Instituciones e infraestructuras.
Para confirmar esto último, comparémonos con los países desarrollados.
Es demasiado facilongo que el máximo esfuerzo del uruguayo promedio sea hecho sólo a través del voto. También debe esforzar la mente y procurar información responsable para desarrollarse intelectualmente y no sufragar con ligereza como lo ha hecho el Partido Colorado, que ha votado al comunismo por no votar a los blancos permitiendo 15 años de gobierno de izquierda.
Tal “trueque” es como haber cambiado lo más entrañable de nuestra idiosincrasia (lo humano, lo personal, lo libre, la propiedad, la dignidad, etc.) por todo lo contrario a esos valores, que es el comunismo.
Ello representa la expresión más acabada de sectarismo irracional nada menos que en el Partido de Batlle y Ordóñez, quien dijo alguna vez refiriéndose a anarquistas y agitadores: “¡Déjenlos que agiten y se agiten!”.
Ahora bien, todos estamos viendo el enorme e improductivo esfuerzo en lo psico-social que hacen los comunistas por imbuir la mente en función de masa de un falso sentido ético negativo al más insignificante acto o palabra proveniente del gobierno. Tal actitud “opositora” ha evidenciado que todo tiene un límite, porque la gente ya viene percibiendo que la ideología y los dogmas de izquierda se han anquilosado en una única postura infantilmente antipragmática de decir a todo que No, y demonizar la mínima irregularidad administrativa o incluso inventarla. Han hecho de la mentira una liturgia, porque siguen conviviendo con el lastre inmoral remanente de sus “gobiernos”.
No es de recibo entonces la afirmación que últimamente hizo un senador de la Coalición Gobernante: “Sin lugar a dudas pediría la renuncia de ministros si fuera oposición”, con referencia a los casos Marset y Astesiano.
Es inadmisible dicha aseveración que antagoniza contra toda razonabilidad lógica del estrato administrativo normal de cualquier empresa o institución pública o privada.
Los escalafones de jerarquías y facultades están hechos para evitar que las presuntas faltas cometidas produzcan destituciones o renuncias por hechos de los que el jerarca de turno ni siquiera tuvo conocimiento, y menos aún en el caso de que la condición de esos actos se deba a un sistema o “status” inapropiado que se arrastra desde gobiernos anteriores. Salvo que algún hecho implique directamente a un ministro o jerarca.
El senador oficialista ha creado un apoyo para que el gobierno se contagie y asimile el infantilismo de la izquierda.