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¿Los hijos están sobrevaluados?

AMICA | Montevideo
@|En la actualidad es un lugar común hablar de que los hijos nos colman de felicidad y hacen llevaderos nuestros últimos años por cuando es por y a través de ellos y los nietos que vemos y valoramos la vida. Creo firmemente que los hijos son una fuente de alegría y felicidad, pero también de preocupaciones y muchas veces de dolor y decepción.

Así, son muchos los padres mayores que transcurren gran parte de su día pendientes del celular y del teléfono fijo para recibir un mensaje o llamada de su retoño, a quien hace días que no ven, o de quién no han tenido noticias en mucho tiempo. Esto les produce una gran angustia y sensación de abandono y no comprenden cómo habiendo ellos hecho y dado tanto a sus hijos, estos ahora no tienen tiempo para un simple llamado. Y esta situación que planteo es la más benigna, porque todos hemos oído algún caso de un hijo que al fallecimiento de uno de sus progenitores, solicita al supérstite la venta de la casa paterna y lo envía a un centro para ancianos donde “supuestamente pasará sus días entre sus pares, hará nuevos amigos y tendrá asistencia médica permanente”. También están los hijos presentes, pero que no dejan a los padres hablar o ignoran sus opiniones, porque pareciera que con los años se pierde la posibilidad de opinar.

La sociedad ha cambiado y ello es inevitable. Ahora todo es prisa, rapidez, trabajo, trámites y más trabajo para poder vivir un poco mejor; y ello hace que se vayan aflojando los lazos entre padres e hijos que ya no se reúnen a comer cada domingo, ni se hablan diariamente para por lo menos demostrar que están. Pero éste no es un problema exclusivo de padres e hijos.

Ya casi no queda tiempo para el diálogo entre los seres humanos. El poco tiempo libre se dedica a las redes sociales y a la televisión.

No hay tiempo para compartir, para comunicarnos y para escuchar al otro, sobre todo para tener paciencia y empatía con el otro, especialmente si son nuestros padres.

Se ha perdido la capacidad de escuchar, dialogar, de preocuparse por algo más que ellos mismos y su prole, por su vida alocada de correr y correr para llegar extenuado al final del día, sin fuerzas ni ganas para un simple: “Hola, ¿cómo andas?”, “¿como fue tu día?”, “¿qué te dijo el médico?”, etc.

Porque ellos, los hijos, mal que les pese, no son el centro del universo y sus viejos se merecen un poco de amor y atención.

No los estoy culpando porque están inmersos en un mundo que va en esa dirección y de lo que es muy difícil escapar. Pero sí creo, que desde el plano individual de su libertad de pensar y actuar, podrían darse cuenta de que el transcurrir de un ser humano no puede limitarse a la comodidad individual y la realización del éxito personal… que debería haber algo más para sentirse plenos y felices.

La frenética vida actual, la pérdida del sentido de lo importante y trascendente, la frivolidad imperante, la pérdida de los valores tradicionales, de amor, desinterés, agradecimiento, respeto y consideración hacia el otro hace que sus vidas transcurran con una gran pobreza existencial, algo de lo que ni siquiera están conscientes.

Ya que, como dijo Ernesto Sábato en su libro “La Resistencia”: “si no nos dejamos tocar por lo que nos rodea no podremos ser solidarios con nada ni nadie” y para “dejarnos tocar”, agrego yo, tenemos todos, no solamente los hijos, que aprender a dialogar, a escuchar al otro, a interesarnos realmente por lo que le ocurre, no solo al que está a nuestro lado, sino a la humanidad toda, ya que todos somos uno y nada humano nos debe ser ajeno.

Sin duda que ello nos enriquecería y reconfortaría espiritualmente.

De lo contrario, el hombre no solamente está destinado a perder su libertad al perder la posibilidad de decidir sobre su tiempo que se le escapa como agua entre las manos, sino que con ella se perderá asimismo, al ignorar el vínculo delante del cual transcurre su existencia.

La vinculación con sus seres queridos, sus padres, familiares y amigos en medio de una globalización y relativización rampante es lo único que puede salvarlo. Por eso cierro estas reflexiones con una frase de Ernesto Sábato, quien no pierde la esperanza y dice así: “Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre”.

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