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La soberanía secuestrada

Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|“Mi autoridad emana de vosotros y cesa ante vuestra presencia soberana”. Hoy esa frase es una broma cruel.

La Constitución le reconoce al ciudadano el poder de reformarla, de ajustar sus reglas cuando la realidad las supera; se trata del derecho a construir un nuevo acuerdo social, adaptado a un siglo que ya no se parece al que vio nacer estas normas. Pero ese derecho, en los hechos, está enterrado bajo seis capas de obstáculos diseñados para que nunca se ejerza.

- Primer límite: el número imposible.

Se necesitan cerca de 320.000 firmas (con margen extra por rechazos) para siquiera presentar la iniciativa; no es una cifra pensada para un pueblo organizado espontáneamente: es una cifra pensada para desalentar.

- Segundo límite: la Corte Electoral.

Cada papeleta exige el motivo exacto de la reforma, firma, contrafirma, número de credencial y huella digital; un trámite notarial disfrazado de derecho ciudadano, con margen de error cero.

- Tercer límite: la logística imposible.

Si hacen falta 320.000 firmas válidas, en la práctica hay que movilizar un millón de papeletas para no quedarse cortos en ningún punto del país; almohadillas de tinta, insumos para tomar huellas, voluntarios entrenados para no invalidar una sola firma.

Una operación de guerra para ejercer un derecho constitucional.

- Cuarto límite: el dinero.

Imprimir, distribuir, trasladar, capacitar. Reunir un millón de papeletas y sostener la recolección en todo el territorio cuesta, como mínimo, 200.000 dólares; la soberanía popular, en Uruguay, tiene precio de entrada.

- Quinto límite: el artículo 331.

Supongamos que el pueblo logra lo imposible y reúne las firmas; ahí aparece la trampa final, la reforma debe someterse obligatoriamente junto con las elecciones nacionales.

En términos simples, hasta 2029 nada, y si no se autoriza con seis meses de anticipación a esa fecha, se pospone a la siguiente elección. Años de espera para una voluntad ciudadana que nació hoy.

- Sexto límite: el ahogo en la urna.

Y cuando por fin llega el día, la hoja de la reforma se vota junto a la hoja del partido, en medio del ruido, la polarización y el cálculo electoral de la campaña nacional. El “sí” o el “no” del ciudadano queda diluido, condicionado, casi invisible.

Seis límites. Seis muros. Ninguno casual. Este es el diseño de un sistema político que nació con los caudillos y se perpetuó con las familias enquistadas en el poder: un sistema que le habla al pueblo de soberanía mientras construye, ladrillo a ladrillo, la arquitectura que la hace inalcanzable. Mientras tanto, la casta política vive su realidad alterna, buenos ingresos, viajes al exterior, y el control absoluto de las reglas de juego que ellos mismos redactaron.

No es democracia. Es una democracia estrangulada, lenta, silenciosamente, por sus propios diseñadores. Reaccionen; recuperen la soberanía ciudadana. Es el mandato que nos debemos.

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