Ex docente universitario | Montevideo
@|Cada vez que se publican los resultados de las pruebas PISA, la conversación parece inevitablemente conducirnos a una misma pregunta: ¿en qué lugar estamos?
Se comparan porcentajes, posiciones y resultados. Se buscan explicaciones y, según el caso, responsables. Pero quizá estamos formulando la pregunta equivocada.
PISA puede decirnos mucho sobre determinados aprendizajes de nuestros estudiantes. Puede mostrar fortalezas, carencias y tendencias. Es, sin duda, una herramienta importante. Pero ninguna prueba internacional puede responder por sí sola a la pregunta fundamental: ¿para qué estamos educando?
Porque educar no debería consistir únicamente en lograr mejores resultados en matemática, lectura o ciencias. Tampoco en preparar jóvenes para superar exámenes. La educación debería ayudar a formar personas capaces de pensar por sí mismas, comprender una realidad cada vez más compleja, tomar decisiones, convivir con otros y continuar aprendiendo a lo largo de toda su vida.
El desafío es todavía mayor cuando la inteligencia artificial comienza a modificar profundamente la manera en que trabajamos, producimos y accedemos al conocimiento. En ese contexto, transmitir información pierde parte de su valor. Adquieren mayor importancia el criterio, la capacidad de formular buenas preguntas, distinguir información confiable de aquella que no lo es, crear, colaborar y asumir responsabilidades.
Por eso, quizás el verdadero debate que deberían provocar los resultados de PISA no sea solamente cómo mejorar nuestra posición en el próximo ranking.
Deberíamos preguntarnos algo más incómodo y, al mismo tiempo, más trascendente: ¿estamos preparando a nuestros jóvenes para el mundo que efectivamente tendrán que vivir?
Si la respuesta no es plenamente afirmativa, los resultados de PISA no deberían ser motivo ni de complacencia ni de desaliento.
Deberían ser una invitación a pensar.
Y, sobre todo, a decidir qué educación queremos para el futuro.