Dra. Diva E. Puig | Montevideo
@|Observamos que se ha perdido la educación, el respeto a los mayores, en el diario vivir.
Y esto me lleva a las siguientes reflexiones:
Nuestra sociedad tiene institutos con competencia en materia de menores, adolescentes y jóvenes.
Sin embargo, hay otro sector de la sociedad, en el extremo opuesto, que debe ser objeto de políticas públicas eficientes. Me refiero a la ancianidad; la última etapa de la vida donde la persona debe ser objeto de protección y respeto. Se trata de la protección física y emocional.
En otros países, el anciano merece el mayor respeto. En Japón, donde conozco la situación no sólo por haberla leído sino porque estuve allí y lo presencié, el anciano es una persona venerable en las familias y su opinión es más que importante; además de en el seno familiar, en la sociedad.
En Uruguay es muy triste ver que los ancianos, de todas las capas sociales, económicas y culturales, en general, no son respetados, y muchas veces son “depositados” en geriátricos; la mayoría de ellos no reciben visitas de familiares. Fueron sacados de su hogar y apartados de sus afectos, a la espera de que la muerte los llame.
Desde el gobierno se deben impulsar medidas para ocuparse de la situación de los ancianos.
Ellos han sido niños, jóvenes con ilusiones, han vivido y trabajado por y para este país, que no puede abandonarlos cuando tanto lo necesitan.
Y no se limita a las pasividades, la parte emocional es fundamental; viven en la peor soledad y son objeto de falta de respeto y burla.
No debemos permanecer pasivos en este tema.
Los ancianos deben ser objeto de preocupación y ocupación estatal. También controlando la situación económica de ellos en el sentido de los abusos económicos, y a veces también físicos, que reciben por parte de cuidadores e inclusive familiares.
Es una deuda que hay que saldar muy pronto.