Enrique Sayagués | Montevideo
@|Excelente la columna de Hernán Bonilla en la edición del día 28 de febrero (”Hay que bajar impuestos”). Pero se debe reconocer que a ese bichito le faltó una pata. Lo que no es poca cosa.
La excesiva carga fiscal es una mochila demasiado pesada que oprime a los uruguayos, anulando su eficacia productiva y sus propósitos de emprendimientos. Como bien lo expone Daniel Iglesias en una reciente y certera nota en El Observador (“Una demanda sin una oferta acorde”, 28 de febrero).
Pero no se puede bajar los impuestos si, en forma simultánea, no se baja el gasto estatal.
Es cierto que el actual gobierno ha logrado reducciones de gasto. Pero no solamente no son de la entidad necesaria, sino que tienen un defecto fundamental: no extirpan las causas del despilfarro estatal, sino que simplemente hacen una poda.
Y todos sabemos bien lo que sucede con la poda. Podamos en invierno y al poco tiempo viene un cambio de clima (o de gobierno, en este caso), y la poda nos obsequia con un crecimiento más voluminoso que el que se había intentado reducir.
Desgraciadamente, la cultura nacional ha quedado empapada del socialismo que nos legó José Batlle y Ordóñez. Que lo hizo, por más que él no se sintiera socialista y muchos no lo admitan. Pero en eso del socialismo hay grados. Y como bien decía Von Hayek, los socialistas están en todos los partidos, aunque en distintos grados de “intensidad socialista” (en la dedicatoria de su estupendo libro “Camino de servidumbre”, que ofrecía a “los socialistas de todos los partidos”).
Y si no eliminamos las vacas sagradas, el gasto estatal se volverá a disparar en cualquier momento.
Hay en eso una falla de los economistas liberales. No veo que hagan cifras (que no son difíciles de hacer) para explicar a la gente lo que nos cuesta mantener vigentes esas rémoras del pasado y esas reminiscencias de un socialismo perimido.
Alcanza con pensar que si hace veinte años hubiéramos eliminado el correo estatal (que no nos sirve para nada y nos hace mucho daño) habríamos ahorrados 680 millones de dólares en esos veinte años (mantener el correo en funciones nos cuesta 34 millones anuales).
Y si a eso sumamos los 200 millones que malgastamos en una empresa de aviación y los 50 millones que nos costó mantener encendida una “velita al socialismo”, podríamos comprender que hemos tirado a la basura el dinero necesario para terminar con los asentamientos precarios que tanto avergüenzan al país.
A lo que podríamos sumar 300 millones más si hubiéramos eliminado el negocio del portland en Ancap. Nos cuesta 15 millones al año, lo que significa 300 millones en los últimos veinte años. Arrojados también a la basura. Aunque, en realidad, nos cuesta mucho más que eso, pues el costo excesivo del portland de Ancap lleva el precio de ese insumo a cifras grotescas.
Y el actual gobierno no puede eliminar ese despilfarro, aunque está tratando de hacerlo, porque se encuentra con una fuerte oposición popular. De mucha gente que adora el correo estatal y adora el portland estatal porque no se le explica bien lo que nos cuesta mantenerlos en funciones.
La economía es la ciencia de los recursos escasos. Hay que elegir: si queremos tener correo, portland y Fondes, no podremos eliminar los asentamientos. Pero si eliminamos el correo estatal, el portland de Ancap y los Fondes, tendremos recursos para terminar con los asentamientos y mejorar sensiblemente la situación de sus ocupantes.
Estoy seguro de que si alguien, con más capacidad que yo, supiera informar a los uruguayos, con amplitud y precisión, lo que nos cuesta mantener las vacas sagradas, ellos podrían llegar a cambiar de opinión.
Alguien que bien puede ser, indudablemente, el mismo Hernán Bonilla, que sabe escribir muy bien y demuestra muchos conocimientos, porque de otra manera no podría habernos obsequiado con un libro tan excelente como el que dedicó a Ramón Díaz y sus ideas liberales.