Email: ecos@elpais.com.uy Teléfono: 2908 0911 Correo: Zelmar Michelini 1287, CP.11100.

Gran Hermano Uruguay

Ionatan Was | Montevideo
@|Parece inevitable; quedar afuera del circo. Pues aun los que más defenestran, aun los que minimizan, se ponen a opinar; como si fueran un jurado paralelo en la parte álgida del debate. Para unos y otros, ya la marea no tiene freno: el Gran Hermano Uruguay vino para quedarse. Así será al menos por estos meses en que dure el certamen.
Probablemente muy pocos sepan que este formato no arrancó ahora, ni mucho menos. Tampoco con el Gran Hermano Argentina de principios de siglo. Porque fue la propia literatura, con sus muchas diferencias, con sus sutilezas propias, que en alguna forma ya lo escribió. Hace muchos años. Encubiertamente quizás. Pero sí que lo escribió. Y si no, miren la serie “Cien años de soledad”. Lean la novela, para darse cuenta todavía mejor.
Gabriel García Márquez, Gabo para los más cercanos, tardó muchos años en ponerse a escribir la primera línea. Estaba de viaje hacia Acapulco cuando pasó; con la familia, por empezar vacaciones. Y en medio de la ruta fue que ocurrió. Una especie de “cataclismo del alma”, algo como: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento... Finalmente, esa misma idea que ya de joven le había sobrevolado, empezaba a tomar cuerpo. Claro que a su propia manera. Porque ahora era Macondo el eje medular de la narrativa, el pueblo del realismo mágico y las mil historias y todo lo demás. Un pueblo al que llamaron Macondo. Un pueblo, y no la casa.
La casa: así se llamaba la primera idea de novela que pergeñó García Márquez. La novela al final se llamó como todos saben, y ese mismo nombre —mucho más luminoso, pegadizo— en parte contribuyó a hacerla memorable, hasta volverse una obra maestra. Con el nombre que hubiera sido, esa misma casa encarna desde siempre un universo por sí misma. Con sus muchos cuartos, con su patio de jardín, con su corredor de begonias... Con su matriarca eterna Úrsula como motor imprescindible de funcionamiento; pendiente, sostenedora de todos los demás.
Y ahora lo importante: la casa de los Buendía no es muy distinta de esta otra de sesenta años después. Alcanza con ver las semejanzas, que son unas cuantas. Si antes éramos lectores, ahora justamente observamos por la pantalla (en especial el “jurado”). Observamos y analizamos los comportamientos humanos, las múltiples interacciones, que en un caso fueron suficientes para crear una atmósfera propia, una novela dentro de otra novela aún mayor, pero igual de compleja. En la “vieja” casa los personajes se repetían, nacían, se morían; en esta “nueva” entran unos y salen otros. Hasta el propio incesto tiene sus semejanzas.
En la novela de GGM, la casa es arrasada por el huracán bíblico, como todo Macondo, mientras el último de los Aurelianos aún descifraba los pergaminos. Por su parte, la nueva casa en tres meses quedará vacía, hasta quedar el último de los participantes, sea él, sea ella.

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar