Gonzalo Downey | Montevideo
@|Tras la caída del Segundo Imperio Mexicano y el triunfo de la concepción liberal de Gobierno, el presidente Benito Juárez pronunció, el 15 de julio de 1867, aquella famosa frase que se constituirá en el punto de partida para quienes defendemos la Democracia como forma de vida: “El respeto al derecho ajeno es la Paz”.
En efecto, en una Democracia avanzada el pleno ejercicio de las libertades sólo está garantizado en la medida que podamos convivir en la inmensa tensión de intereses contrapuestos que implica la vida en sociedad y que se consigue respetando al otro en su derecho como condición sine qua non para que nuestra propia libertad no se vea amenazada ni atacada. Es por ello que nos hemos provisto de un sistema de normas jurídicas que aseguren que nuestra interacción sea fraterna y consecuencialmente libre.
Sin embargo, cuando la Ley no es aplicada o se instala la vulneración de las normas como algo habitual, carente de sanción o innecesario para el normal funcionamiento de la sociedad, se abren las puertas a la violencia, la sensación de indefensión, la pérdida del respeto mutuo y al debilitamiento de la Democracia.
En Montevideo, una ciudad que bien cuidada podría competir con las europeas por su personalidad y rico patrimonio arquitectónico, asistimos a diario al deterioro de la convivencia y a la pérdida del respeto del derecho ajeno ante la inacción de un gobierno departamental devorado por su propia vorágine burocrática, incapaz de cuidar lo elemental del espacio público, limitado en recursos por la inmensa maquinaria administrativa que montó, desesperado por recaudar y obsesionado con lo electoral pero amnésico y enajenado de lo fundamental.
La “Teoría de los vidrios rotos” ha demostrado que un espacio público descuidado, vidrios y ventanas rotas, muros rayados, baldosas sucias o basura por todos lados genera una sensación de ausencia de ley que hace aumentar los delitos y la convivencia cívica se torna más agresiva: la mugre llama a la mugre y la falta de respeto quiebra la convivencia social.
Al problema de la suciedad y el abandono de los espacios públicos se ha sumado el ruido abusivo y ensordecedor de las motos (muchas veces adulteradas para que generen más ruido) que contaminan acústica y ambientalmente toda la capital y ante las cuales no existe la Ley. Así, una nueva generación de uruguayos e inmigrantes están aprendiendo que la libertad individual es hacer lo que se quiera sin pensar en el derecho ajeno o que Democracia es exigir derechos sin cumplir necesariamente con los deberes que ella acarrea y así, lentamente, se va deteriorando nuestra calidad de vida y la seguridad de nuestra propia libertad.
Conocemos las limitaciones de un gobierno departamental que se autosabotea y poco esperamos de él, pero al menos podemos exigir que cumpla y haga cumplir las leyes que garantizan nuestra libertad en un marco de respeto al derecho ajeno o, de lo contrario, ante el debilitamiento de la convivencia social, el retroceso de los valores de nuestra Democracia y arropados por una ciudad descuidada, habremos perdido la paz.