Adolfo Garcé | Montevideo
@|Durante los últimos veinte años he tenido numerosos desencuentros con El País. Más de una vez sentí que desde la página editorial se cruzaba la línea de la falta de respeto, a veces hacia mí, muchas veces hacia mis colegas. De todos modos, nunca en todos estos años, dejé de tener una relación cordial con Martín Aguirre, a quien, por cierto, siempre leo con atención. A veces estoy completamente de acuerdo con él, en general discrepo parcialmente, pocas veces completamente. Pero esto es lo de menos. No hay nada más natural que discrepar. Lo único que precisamos, para vivir en paz y crecer, como personas y como sociedad, es hacerlo con cortesía y respeto.
Digo esto porque ayer, en el editorial de El País, se ofrece un buen ejemplo de cómo es posible discrepar, incluso a fondo, sin agraviar. El editorial polemiza con la columna que publiqué el jueves pasado en Búsqueda titulada “Pepe Mujica, la guerra y la paz”. Se critica mi argumento con severidad. No me ofende. Ningún problema. Algunas de las críticas me parecen injustas. Ningún problema. Hay que discutir, sin enojarse y, de ser posible, con la mejor versión del pensamiento del otro. Esto me lo enseñaron los profesores del CLAEH, entre ellos, un tal Pablo da Silveira. Así que bienvenida la discusión.
Dos comentarios sobre el editorial, y una recomendación para los lectores.
Primero. Creo que el editorial no hace justicia a una parte fundamental de mi argumento. La mitad de mi columna está dedicada a pedirle a los ex guerrilleros una autocrítica de verdad. Lo que dijo Mujica pasó prácticamente desapercibido. De hecho, creo haber sido el único que se detuvo a comentarlo. Fue apenas una frase. Por eso mismo, en mi columna, le pido más a Pepe Mujica. Escribí: “Cuando lo escuché me quedé pensando si, en este año tan especial, a medio siglo del golpe de Estado, el ex guerrillero que ha terminado por muy buenas razones siendo el más influyente y prestigioso de todos ellos, dirá algo sobre la cuota parte de responsabilidad de los revolucionarios de los sesenta en el derrumbe de la democracia. Hasta ahora no lo ha hecho (ahorro las citas). Pero me parece elemental que no es posible entender la transformación de los militares en partido político sustituto (para usar la expresión de Juan Rial) sin el intensísimo desafío guerrillero. José Mujica es demasiado inteligente para no darse cuenta. Solamente falta que lo diga”. Agregué, dicho sea de paso, que otros protagonistas del drama de los sesenta y de su tremendo epílogo en los setenta, deberían también hacer su mea culpa. Escribí: “la gran mayoría de los míos, intelectuales y universitarios, echaron leña en la hoguera”. Desde el editorial se nombra a los comunistas. De acuerdo. La posición del PCU (y la de la gran mayoría de la izquierda política uruguaya) ante el avance militar de febrero del 73, fue completamente equivocada y reveló las fragilidades e inconsistencias de la teoría y la práctica política de estas organizaciones respecto a las “formalidades” democráticas.
Segundo. Por otro lado, es muy cierto lo que se dice en cuanto a que mi texto no reconoce a quienes criticaron a los revolucionarios de la época. Escribí que hay que evitar el anacronismo. Es cierto. Pero también hay que evitar el relativismo. Hubo muchos en los sesenta que siguieron el camino de la revolución. Muchísimos. Pero hubo también muchísimos que no, que conservaron la calma, que advirtieron los riesgos y polemizaron con las distintas vertientes revolucionarias de la época. Soy de los que piensa que, en esos años, los partidos tradicionales cometieron muchos errores. Pero considero mucho más graves los errores de la izquierda. Apenas tres ejemplos. La gran mayoría de la izquierda no entendió el valor de la democracia, ni la lógica de la reforma constitucional del 66, ni el enorme aporte de la CIDE, dirigida por el Cr. Enrique Iglesias. Revalorizó la democracia después de la dictadura. Entendió la reforma política del 66 cuando le tocó gobernar. Revalorizó la CIDE y el desarrollismo cuando se disipó la perspectiva anticapitalista. Por cierto, la izquierda hizo numerosos aportes al desarrollo nacional cuando le tocó gobernar. Como es obvio, y hasta inevitable, su energía fue declinando a medida que permanecía en el poder. Nada es blanco o negro.
Desde mi punto de vista, salvo en películas de guionistas perezosos, no hay buenos y malos. Esto me lleva a la recomendación a los lectores. Hace un par de días leí La Tierra Charrúa (1901), de Luis Alberto de Herrera. No soy un gran lector de Herrera. Pero de lo que he leído, es lo que me parece más valioso. Es una crítica extraordinariamente bien hecha del fanatismo político. Se toma el trabajo de ver “el lado bueno de lo malo, y el lado malo de lo bueno”. Y con ese prisma analítico repasa la historia uruguaya del siglo XIX. Un blanco como él, por ejemplo, señala los méritos de Rivera, y los errores de Oribe. Creo que es una excelente manera de encarar estos tiempos de polarización y de recrudecido fanatismo. Eso es lo que intenté con Mujica. Lo peor, su pasado guerrillero. Saldo negativo. Lo mejor, su aporte a la paz después de 1985. Saldo positivo. De lo peor se hablado mucho. De lo mejor, de sus aportes a la paz en los últimos años, mucho menos.