Email: [email protected] Teléfono: 2908 0911 Correo: Zelmar Michelini 1287, CP.11100.

El pozo

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|El nazi fascismo nace en él y en lo más profundo de su amoralidad. No resulta necesario verificar las tropelías intimidatorias de los “fasci di compartimento” o los horrores de los campos de exterminio. Alcanza con leer Mein Kampf o escuchar una pieza oratoria del Duce. El objetivo supremacista de la nación o de la raza basado en la violencia y el exterminio del que se considera inferior (más allá de que dicha consideración sea en sí misma un dislate) se origina en plena abyección a priori, desde el mero planteo de dichos postulados.

No se puede decir otro tanto del pensamiento de las izquierdas, que nace en individuos llevados por sentimientos humanistas, motivados por la suerte de los pobres del mundo, por la procura de sustituir lo que se visualiza como relaciones de explotación por otras que serían de colaboración.

Cabe preguntarse por lo tanto, cuál es el camino por el que transita el pensamiento de izquierda, desde su retórica original compuesta de nobles intenciones hasta caer en lo más profundo del mismo pozo; cómo la preocupación por los menos favorecidos, aparejada a una estrategia confrontativa, conduce sinuosamente a la legitimación más o menos encubierta (en algunos casos desembozada), de ese retrato nauseabundo que nos deja una frase en sí misma pavorosa, pero que lo es más al escucharla en la voz de un adolescente: “Papá: maté a diez judíos con mis propias manos” seguida de “Que Dios te proteja”. Nunca más aplicable aquel aforismo que afirma que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Relativizar o legitimar este extremo no sería justificable nunca, pero lo es menos aún en tanto forma parte de una estrategia para dinamitar un plan de paz.

Un plan de paz entre Israel y el mundo árabe. Un plan de paz dirigido a solucionar un conflicto humano cuyo origen se remonta a por lo menos dos milenios y que en el último siglo se fue radicalizando hasta que las Naciones Unidas en 1948 creyeron encontrar un camino de solución al aprobar la creación del Estado de Israel.

Por cierto que a partir de este hito tampoco se logró la convivencia pacífica entre palestinos e israelíes y la creación del nuevo Estado fue seguida de episodios bélicos e intentos de paz. De estos últimos, algunos fueron memorables, como el de Camp David en 1978 entre Sadat y Beguín o el de Oslo entre Arafat y Rabin en 1993.

Ante la presentación fáctica de un conflicto de tan larga duración, elucubrar sobre sus primigenias causas pretendiendo determinar en qué mano se situó la primera piedra, quiénes fueron los responsables históricos del mismo para terminar legitimando, en función de dichas consideraciones, al bando que protagoniza el pogromo de octubre 2023 con el fin de hacer abortar la paz, es una acrobacia intelectual deleznable. Lo es, aún ubicándonos en la posición de defensa de los intereses del pueblo palestino y de su pretendida “liberación”.

Si de algo tiene que liberarse el pueblo palestino es de una organización que usa sus escuelas y hospitales como escudos humanos. Hamás no representa al pueblo palestino y mucho menos lo defiende. Por el contrario, establece con él una extrema y primitiva relación de dominación (empleando este término, hasta con su acepción marxista) pretendiendo imponerle una ley religiosa (la sharía) concebida en el siglo VII y formando a los niños en el orgullo de asesinar a judíos con sus propias manos con la protección de Dios.

¿Cómo este extremo de fanática religiosidad fundamentalista y sanguinaria puede compatibilizarse con una doctrina que consideró a la religión el opio de los pueblos? ¿Cómo partiendo de ella se puede tomar posición en favor de la teocracia iraní que financia el terrorismo de Hamás? ¿Qué más lejos del pensamiento de izquierda que el postulado de muerte al infiel? Si se procura evitar tomar partido a favor de un Estado judío, ¿cómo no hacerlo al menos por la única democracia de toda la región?

La legitimación de Hamás no es el único peldaño por el que se transita para descender hasta el fango amoral.

Tras el fracaso del socialismo real, el anticapitalismo propio de las izquierdas las ha hecho replegarse hacia su faz meramente antioccidental. El antisemitismo no es original en la izquierda, sino consecuencia de su rechazo a la civilización occidental nacida de la tradición judeo-cristiana; rechazo, que desde siempre la enfrentó a las grandes democracias.

Por oposición a ellas y ya sin la alternativa comunista, se toma partido indistintamente por las dictaduras de izquierda latinoamericanas o por el supremacismo de la derecha ultraconservadora de Putin, la teocracia iraní, la misantropía de Hamás, la narcoguerrilla o la mafia kirchnerista, todos extremos que encuentran su común denominador en la profundidad del pozo amoral.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar