Esteban Szabados | Brasil
@|Llevamos varios días bajo una capa nebulosa, blancuzca y grisácea que no permite ver el cielo de San Pablo.
Ayer me levanté, me acerqué a la ventana y a través del vidrio miré hacia la “Sierra de la Cantareira”, en dirección norte. Observé lo que ya había visto durante toda la segunda quincena del mes pasado, la desaparición de las colinas por un espeso velo.
Son típicos de setiembre los incendios forestales, desatados por la gran sequía de la hojarasca que cubre el suelo y el calor. Las causas pueden ser naturales o humanas. Según especialistas, los incendios premeditados sirven para deforestar ilegalmente territorios y usarlos para pastar ganado. Además, se queman campos llenos de matorrales como forma de “limpieza”, método bastante común en el estado de San Pablo.
Por otra parte, la Policía Federal investiga algunos incendios que pueden considerarse criminales, es decir, con un fin delictivo.
El aire está cargado de un olor muy fuerte y extraño para mí, que me da náuseas.
Brasil está cubierto por una burbuja gigante de aire seco y ardiente que abarca 3.000 km de largo y ancho. Esto llevó a que esta urbe ocupe el primer lugar en la lista de ciudades con el peor índice de calidad del aire. El índice 160 fue registrado por el sitio electrónico suizo “IQAIR”, que toma en cuenta la contaminación del aire, la humedad (de 21 %) y la temperatura, que alcanzó los 33 º C.
Actualmente hay 32.360 focos de incendios en todo el territorio y el aire que respiramos está perjudicado por estos.