Nicolás Etcheverry Estrázulas | Montevideo
@|Tres pensamientos que pueden entrelazarse son:
a) Las expresiones del Ministro Oddone cuando exhorta a los empresarios a tener más iniciativas y a pensar que el Estado debe jugar un papel menos relevante y que no debe resolver tantas cosas como algunos en el sector privado aspiran.
b) La sensata insistencia del economista Ignacio Munyo en que se debe reducir el rol del Estado y que mientras se sigan tomando malas decisiones que asignan mal los recursos públicos, el crecimiento del país será lento y mínimo. En este sentido, Munyo da un ejemplo contundente: hace 25 años existían 60 entidades públicas; actualmente son 139 y el gasto público anual por habitante pasó de $ 159.000 a $ 317.000.
c) La columna de Andrés Danza en Búsqueda del 13 de agosto, plantea una pregunta que también se hizo el exministro de Economía Ignacio de Posadas: ¿Para qué ganar la próxima elección?
Combino todas estas expresiones y surgen algunas preguntas que devienen tan ineludibles como esenciales.
1) ¿Para comenzar de una vez por todas a reducir el tamaño del Estado en una forma tan gradual y sistemática como valiente y audaz? Entre otras cosas, ¿recortando o suprimiendo privilegios que se otorgaron durante décadas no por mérito y capacidad, sino por cuota política y clientelismo?
2) ¿Para poner freno a ciertas dictaduras sindicales que abusan de su prepotente poder sin enmarcarse dentro de lo legal y sin contemplar el derecho de muchos trabajadores, estudiantes o simples ciudadanos a no acatar ciegamente sus consignas y sus medidas? ¿Especialmente cuando algunos sindicatos ni siquiera tienen reglamentada su personería jurídica?
3) ¿Para devolverle al puerto de Montevideo la función estratégica y eficiente que tuvo durante largo tiempo y así no quede cada vez peor posicionado por las calificadoras internacionales?
4) ¿Para reinstalar en los hechos, y no sólo con palabras huecas, el principio de subsidiariedad que implica que el Estado no debe hacer ni gestionar más que aquello que los individuos por su propia iniciativa y sus posibilidades no están en condiciones de poder realizar? ¿Ya sea porque no pueden o porque libremente no quieren hacerlo, pero no por razones de acostumbrada inercia, porque hace décadas que es así, o por pereza y comodidad?
Conviene recordar el pensamiento de Benedicto XVI que cita León XIV en su reciente Encíclica: “Cuando la subsidiariedad no está acompañada de la solidaridad, termina por transformarse en la simple protección de intereses particulares; cuando la solidaridad no está sostenida por la subsidiariedad, degenera en asistencialismo que no promueve la responsabilidad…”.
Estas son algunas de las preguntas que nos deberíamos plantear no solamente los que vamos a decidir a quién votar en la próxima elección, sino también y en primer lugar, los que se van a presentar para ser votados. Porque si estas cuestiones no solamente no se responden, sino que ni siquiera hay ánimo, visión y coraje para formularlas, entonces de poco va a servir estar especulando quiénes serán nuestros próximos gobernantes y para qué conviene que ganen. Si todo va a seguir en una mediocre semi-planicie, que los pocos jóvenes votantes que van naciendo y permanecen en este territorio se las arreglen para subsistir. Hasta que opten por emigrar o por apagar la luz.