Esteban Szabados | San Pablo
@|El pasado domingo 4 de octubre, acompañé a votar a mi hijo, primero, y a mi esposa después.
Mi hijo votó en el barrio donde vivimos, en la zona norte de San Pablo, pero mi mujer lo hizo más lejos. Yo no tengo ese derecho por no estar naturalizado.
Por las calles no se veía mucha gente y el día estuvo soleado de mañana, aunque llovió mucho de noche. El ambiente estaba tranquilo y las veredas parecían cubiertas por alfombras de volantes pequeños con las fotos y los números de los candidatos a diputado federal, diputado para cada estado, senador federal (dos), gobernador y presidente.
Hace parte del votante brasileño llevar un trencito con los números para no confundirse a la hora de votar. Otra manera es memorizar esos seis números para ingresarlos mediante un teclado electrónico y registrarlos en la urna electrónica, que hace un pitido después de cada votación.
Cuando volvimos a casa, le pregunté a mi hijo, que votaba por primera vez, qué sentía después de haber ejercido un derecho fundamental como ciudadano. Me respondió que hubiera preferido quedarse en casa.
No sé si la mayoría de los jóvenes no se sienten motivados ni interesados por sufragar. Lo cierto es que percibo una cultura diferente a la que teníamos.
Realmente es difícil ver a jóvenes hablando sobre política. Quizás están más expuestos a las redes sociales hoy en día, donde no hay tanta posibilidad de debatir o discutir amistosamente. Todo está pronto para consumirlo.
La imaginación parece cercenada como para idealizar la realidad. Y si todo ya está preparado, no hay de qué hablar. Prefieren escuchar y ver videos cortos con todo listo.
En fin, habrá una segunda vuelta el próximo 25 de octubre, entre Flavio Bolsonaro y Lula. Veremos quién, entre los dos, tendrá el papel de gobernar Brasil con muchísima imaginación.
Cultura y elecciones
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