@|El domingo 8 de enero, a la tarde, unos 3.000 ciudadanos brasileños se reunieron en Brasilia con el propósito de dañar algunos de los hermosos edificios creados por el Arq. Oscar Niemeyer hace alrededor de 60 años.
De acuerdo con las imágenes hechas públicas, se dedicaron a romper cristales, computadoras y otros elementos, sin que hubiera ninguna reacción por parte de las fuerzas del orden para reprimirlos y desalojarlos hasta después de tres horas.
El novel presidente brasileño, ya que asumió su tercer mandado el domingo anterior, calificó el acto de “golpe de Estado”.
Generalmente, para que exista un acto semejante deben participar militares, como ha ocurrido en infinidad de ocasiones en nuestra América. Si había militares en esta “asonada” no estaban usando sus uniformes, ya que predominaban las camisetas “verde amarelha” de la selección brasileña de fútbol, evidentemente devaluadas luego de que Croacia los eliminara en la tanda de penales.
Otro factor a tener en cuenta: los asaltantes de los edificios públicos representaban a uno de cada 50.000 brasileños, lo cual evidentemente no se trataba de un movimiento político organizado para derrocar a un gobierno constituido ya en el poder.
Las acusaciones del presidente hacia su rival político de la pasada elección no contribuyen al clima de pacificación interna que el vecino país estaría necesitando. Tampoco nos debemos extrañar, ya que en el abecedario político siempre se culpa al gobierno anterior de dejar las cosas de tal manera que luego no se puedan cumplir las falsas promesas de bonanza hacia los más desposeídos.
Las antenas mono-direccionales de la izquierda vernácula hicieron que interrumpieran sus vacaciones veraniegas, para hablar de ataques a la democracia, golpe de Estado y otras calificaciones que usualmente no brotan de su lenguaje cuando se trata de Cuba, Venezuela o Nicaragua, que son “democracias diferentes” o cuando los “simpatizantes” de Correa hacen lo propio en Ecuador.
El verdadero espíritu democrático existe cuando este tipo de atropellos vandálicos son condenables si son cometidos ya sea por militares o militantes de partidos políticos ya estos sean de izquierda o de derecha.