Jorge W. Álvarez | Montevideo
@|El caso Marset va camino de convertirse en un paso de comedia, dejando atrás el drama que maliciosamente inventó el FA en torno al ya famoso pasaporte. Se armó un batiburrillo en el cual todo el mundo habla de él, pero nadie sabe de qué se trata. Igual que con el Quijote, que nadie ha leído.
Grabaciones ocultas burlando la buena fe del interlocutor, chats que aparecen y al día siguiente desaparecen, declaraciones al por mayor de testigos inimaginables buscando qué tienen para decir. Todos los días desfile en la Fiscalía; cada uno aportando nada a la investigación. No se salva ni el apuntador.
En la puerta, un enjambre de “periodistas”, micrófono en mano, acechando con preguntas tontas. Como en el “más allá”, nadie sabe de qué se trata, pero un ambiente festivo pone una nota de insustancialidad en las puertas de la Fiscalía. Faltan los vendedores del pop acaramelado.
Incluso el fiscal, ya ahíto de preguntas y respuestas inconducentes, pide refuerzos, como en Ucrania. Pronto llegarán, le avisan. Y aunque no ha manifestado qué cosa está investigando, la omisión preocupa. Una indagatoria comienza con indicios verosímiles de un hecho concreto con apariencia delictiva. Acá no se sabe cuál es. Pero el “phishing” continúa y de seguro que habrá algún procesamiento. No fue tiempo perdido.
Y el paso de comedia deja su reflexión: cada uno es dueño de sus chats y dispone de ellos como quiera. Quien más, quien menos, se mandó su borratina. Un personaje de actualidad lo rompió en mil pedazos.
Si le mintieron al Parlamento, el asunto sería entre dos Poderes. La Justicia nada que ver. Y el chat de Maciel poco agregaría, así se tratara de Jack the Ripper rondando por Whitechapel con pasaporte legal. Si fuera uruguayo, por supuesto.