Volviendo sobre “los dos demonios”

Hace unos días se conmemoraron cincuenta y dos años del establecimiento de la dictadura militar uruguaya, el acontecimiento más triste y reprobable de la historia del país. Una comunidad que jamás mereció los once años de indignidad que supuso la pérdida de sus derechos y libertades arrasadas por el impulso autocrático de quienes se creyeron los salvadores de la patria.

La ocasión suscitó los usuales recordatorios y reavivó la pendencia sobre el destino de nuestros desaparecidos, que, salvo que se develara, lo que parece improbable, seguirá siendo justamente reclamado como un oscuro vacío de nuestro devenir. Por más que junto a este gran faltante subsistan mitos inconsistentes, que bien podrían desaparecer definitivamente del pasado reciente. Uno de ellos, de infaltable recurrencia, es el “de los dos demonios”, un relato, como ahora se dice, de origen, procedencia y circunstancias argentinas, que parte de la opinión, pero fundamentalmente de la historiografía uruguaya, ha adaptado como suyo. En una insólita operación apropiatoria, que considera la explicación histórica un artefacto portátil trasladable a voluntad.

Sus orígenes, vale recordarlo, se relacionan con lo sucedido en 1983 en la hermana república cuando el Presidente Raúl Alfonsín, designó una Comisión Nacional sobre desaparición de Personas, durante la dictadura de 1976. Presidida por Ernesto Sábato, ésta brindó el famoso informe NUNCA MAS, destacando torturas, sevicias infamantes y la desaparición, registrada, de 8961 personas en su momento detenidas. El inédito informe que destacó una secuencia de horrores, fue seguido por el juicio a la junta militar que se basó en su investigación para penalizar gravemente a la mayoría de sus integrantes. No obstante su importancia y que diferenciaba claramente entre terrorismo estatal y la previa y concomitante violencia guerrillera, el documentado informe fue descalificado por la oposición peronista que adujo (de ahí la mención a los dos demonios) que había equiparado ambos acontecimientos y colocado al pueblo no interviniente como un tercero ajeno al conflicto. Al punto que en el 2006, bajo Néstor Kirchner, se cambió el prólogo del informe eludiendo calificar el previo accionar guerrillero. Posteriormente en el 2016, preservado su importancia, se restableció el prólogo original.

En Uruguay, nadie medianamente informado pretendió equiparar ambas formas de violencia, siempre fue obvia la disparidad entre una represión ejercida mediante la maquinaria del estado moderno y otra sostenida por agrupaciones más o menos organizadas de la sociedad civil no directamente terroristas. Tampoco nadie propuso la total ajenidad de la población al presunto duelo de demonios. Sin embargo, en una interesada operación ideológica, se difundió erróneamente que el entonces Presidente Dr. Julio María Sanguinetti y su entorno partidario había defendido esa absurda teoría, un hecho que, como demuestra su extensa bibliografía, aquí nunca ocurrió. Lo que no impide pensar que probablemente sin tupamaros no hubiera habido dictadura.

Hoy, pasado más de medio siglo bueno sería que nos deshiciéramos definitivamente de deformaciones partidistas espurias que para nada contribuyen a la recuperación de una memoria histórica objetiva y equilibrada, necesaria para no repetir versiones distorsionadas del pasado.

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