Vaivenes democráticos

El domingo se celebraron dos elecciones que por distintos motivos cobraron notoriedad en la prensa. En Perú, una elección con más de 30 candidatos dejó por resultado un balotaje incierto y a su sufrida democracia tremendamente herida. En Hungría la oposición de la derecha liberal logró imponerse al oficialismo autoritario a pesar de un sistema electoral y de medios flechado en su contra. Ambas elecciones dan cuenta de las fortalezas y debilidades de la democracia contemporánea.

La jornada electoral peruana le hizo un flaco favor a sus instituciones. Los gruesos errores de la autoridad electoral que dejaron decenas de miles de personas sin votar. La escasa votación de los principales candidatos y el exiguo apoyo parlamentario con que contarán, en un país dónde además los congresistas tienen una pésima imagen, hacen temer un nuevo período de fuerte inestabilidad.

Es cierto que Perú había logrado sostener una economía pujante en medio de una fenomenal crisis política, poniendo en cuestión la tesis institucionalista del crecimiento económico. Sin embargo, da la sensación de que el crecimiento sostenido sólo gracias a la independencia del Banco Central y la estabilidad macroeconómica está teniendo sus límites. Una economía que funciona en gran parte en negro, con prescindencia del Estado hasta en materia de seguridad en varios casos, no puede crecer sostenidamente y por eso la política se vuelve más relevante que en las últimas décadas.

Al momento de escribir estas líneas Keiko Fujimori es la única candidata firme para la segunda vuelta (por cuarta vez) y se desconoce el nombre de su contrincante entre tres nombres posibles. No es fácil ser optimista para los próximos años, más allá de quien resulte triunfador, dados los enormes problemas que enfrentan los peruanos. La democracia peruana está herida hasta un punto de difícil retorno y la actitud del ciudadano promedio es de un enorme cinismo sobre sus posibilidades y su relevancia para la vida cotidiana. La única esperanza es que desde el fondo del barro surja un proceso regenerador que logre cambiar radicalmente las condiciones políticas que se han afianzado en el pasado reciente. No será nada fácil, pero no le queda otra a los amigos peruanos que intentarlo.

El caso de Hungría es casi la contracara de la situación de Perú. Un gobierno autoritario y cooptado por Rusia, con pésimos resultados económicos gracias a sus políticas estatistas fue derrotado en las urnas por un gobierno de derecha liberal apoyado por muy diversos sectores. La democracia húngara que parecía ir camino al precipicio se salvó gracias a sensatas decisiones políticas de los líderes opositores, una propuesta clara de regresar a políticas proeuropeas -vale decir, antirusas- reformas promercado y respeto por los derechos políticos fundamentales.

No será fácil desandar todo el campo minado de autoritarismo que deja Orbán, desde el aparato estatal a la justicia, pero el proceso de reconstrucción está en marcha y genera renovadas esperanzas en la democracia húngara. Los primeros pasos del nuevo gobierno darán el tono a la nueva etapa.

La peruana es una democracia en proceso de demolición, la húngara en proceso de reconstrucción, ambas como consecuencia de sus propios derroteros políticos.

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