La buena literatura logra describir esencias nacionales mucho mejor y más hondamente que cualquier ensayo lleno de explicaciones lógicas y razones bien argumentadas. Es el caso de nuestro mejor escritor del siglo XX, Juan Carlos Onetti, quien logró algo así en su novela “El astillero” publicada por primera vez en 1961.
El astillero narra el regreso de Larsen a la ciudad de Santa María de la que había sido expulsado tiempo antes. Larsen procura conseguir trabajo como gerente de un astillero que está en completa decadencia. Se empeña en revivirlo, así como procura cortejar y casarse con la hija del dueño del astillero, una mujer con problemas mentales que vive en una mansión abandonada. Fracasa en ambos proyectos. A lo largo de la novela Larsen se engaña a sí mismo para dar sentido a una existencia que, en verdad, es un fiasco. Al final acepta su derrota, la convicción de estar muerto, y se va de Santa María en una lancha, en una metáfora de una huida hecha de desilusión y decadencia.
Seis décadas más tarde se podrá decir que “El astillero” tiene mucho de aquel Uruguay que ya llevaba más de un lustro de alta inflación y que no terminaba de encaminarse con convicción en caminos reformistas que lo sacaran de su letargo. Por cierto, la huida de Larsen son dos cosas a la vez: un país sin grandes esperanzas que ofrecer, y una salida propia, individual, en busca de horizontes mejores. Pero el drama es constatar que ese final de novela de inicios de los sesenta sigue pareciéndose mucho al Uruguay de hoy. Que seguimos siendo Larsen en Santa María.
Lo dice el saldo migratorio internacional de los uruguayos que, quitando pocos años excepcionales, hace cuatro décadas que es negativo. Parte sobre todo gente joven, relativamente más educada que la que queda en el país, y seguramente también más ambiciosa. Y lo señala también la miríada de decisiones que postergan o cancelan los proyectos de agrandar familia, por causa de que no se vislumbra un futuro que permita augurar cierto bienestar a partir del trabajo duro y el esfuerzo personal. Hace años ya que sufrimos por tanto un decrecimiento poblacional alarmante.
Son demasiados los Larsen que hace décadas que procuran salir adelante y terminan fracasando en nuestra Santa María, a la vez que en otras partes sí logran con empeño encaminar sus vidas con relativo éxito. Y este drama nacional no es algo que dependa de tal o cual partido político en el poder, sino que refiere al conjunto de nuestros valores preferidos como sociedad y como cultura. Esos valores, en democracia, se ven naturalmente interpretados luego por gobiernos que son representativos de esa mayoría ciudadana y que hace décadas ya que expresa el talante de Santa María. ¿Queremos que nuestro horizonte siga siendo aquel astillero que narró Onetti en 1961? ¿Estamos generando los cambios, como nación, que nos den la esperanza de que el astillero será finalmente exitoso, o en verdad sobrevivimos sin arriesgar casi nada para no perder lo poco de lo algo que aún conservamos?
La patria no es solamente “la casa donde arde el fuego nuestro”, como cantaban Los Olimareños. Es también y sobre todo el lugar en el que nos proyectamos en un esperanzado vivir conjunto. No como le pasó a Larsen y le sigue pasando incluso hoy a miles uruguayos.