Comparando encuestas nacionales de opinión pública, una consultora argentina espetó que Yamandú Orsi está entre los gobernantes peor calificados en la región: 13º en 18. Es improbable que los métodos de relevamiento hayan sido los mismos. Y aun si lo fueran, el dato sería apenas una muestra más de la manía numérica -cuantofrenia- que muchas veces nos impide pensar.
En las mismas horas en que se le asignaba a Yamandú Orsi el número de la yeta, como primer mandatario se abrió a las alternativas que, corriendo de atrás, blandió el Intendente Mario Bergara, con lo cual ambos nos salvaron de quedar atrapados en un túnel que iba a costar 300 millones de dólares para que los ómnibus de CUTCSA ganaran 5 o 7 minutos entre Plaza Independencia y el Obelisco. Ahorrarnos ese disparate es cualitativamente más importante que una comparación de encuestas ajenas y heterogéneas.
Si de comparaciones se trata, lo actuado frente al galope con que se venía la iniciativa soterradora resulta plausible: es lo contrario a la brutal ferocidad con que se atropelló para emparedar 120 millones de dólares en el Antel Arena. Gobierne quien gobierne, el camino de la República debe ser ese: abrir el juego a alternativas, pensar con cabeza propia, abordar los temas con principios pero sin preconceptos, razonar por ideas a tener en cuenta, como enseñó Vaz Ferreira. Es lo contrario a resolver los gobernantes por capricho sensual de poder y es lo contrario a uncir a los ciudadanos, como bueyes, a la coyunda de las expectativas electorales.
Todo tiempo es bueno para combatir las embestidas de los fanatismos y rescatar la función creadora y fraternal de la libertad del pensamiento, pero esta víspera de 2026 es particularmente propicia.
Hace ya más de un siglo que la Constitución de 1918 separó al Estado laico de la Iglesia Católica y la ley 6997 rebautizó las fiestas religiosas, disponiendo en su art. 4: “Declárase feriada con el nombre de Semana de Turismo la sexta semana siguiente a la de Carnaval”. Con ello seguimos obedeciendo al calendario acuñado en 1582 por el Papa Gregorio XIII, canjeando la santidad de la semana por las terrenales ubicuidades del Turismo.
En este 2026 la Semana no puede escurrírsenos en pachanga, porque la conmemoración de la muerte de Cristo llega entre las atrocidades de una guerra que ensangrienta los lugares en que predicó. Y eso debe dolernos no sólo por conciencia metafísica, sino también por conciencia histórica, es decir, por conciencia valorativa.
Cuando vemos el impudor con que unos pobres ebrios de poder mandan asesinar gente y ensangrientan naciones enteras, debemos hermanarnos en el dolor de los azotados por los nuevos Atila, sintiendo la fraternidad no sólo por la fe sino por la razón.
El Evangelio según San Juan proclama que “En el principio fue el logos y el logos era Dios”, El logos es el verbo, la palabra, pero no aislada sino reflexionada, ordenada, discurrida. Fue el principio y volverá a serlo cuando la luz de la paz entierre la infamia de las guerras.
En el Uruguay, la laicidad no la estableció ningún materialismo, ni de izquierda ni de derecha. La instituyó el espiritualismo laico, como demostró Arturo Ardao. Desde ese espiritualismo ¡cómo no extrañar hoy el cristiano mandamiento de no matar!