Un mundo desacomodado

El dictador cayó, pero la dictadura no. Así puede sintetizarse la situación en Venezuela tras el secuestro y arresto de Nicolás Maduro, para ser juzgado en Nueva York.

Los venezolanos en el exilio celebraron el hecho. Es que si bien el procedimiento pudo ser cuestionable, la pregunta siempre pendiente es cómo termina una dictadura que no tiene intención de irse.

En los años 80, los regímenes militares de la región negociaron su salida con los partidos políticos. Ambas partes debieron hacer concesiones, pero al final la democracia se consolidó.

Uruguay lleva 41 años de estabilidad institucional y es una de las pocas democracias plenas en el mundo.

Maduro no pensaba irse, aferrado como estaba a su cargo. Ante situaciones así, los dictadores solo caen por medios violentos, no previstos en ningún código. O desde adentro se da un golpe de Estado, o desde afuera se lo hace caer y este método no siempre es exitoso.

El problema con Venezuela es que no está claro que pasó. Maduro fue arrastrado de su casa y está preso, es verdad. Pero su lugar lo tomó su vicepresidenta (tan ilegítima como el) y el régimen se mantuvo.

No cayó una dictadura, simplemente cambió de perfil. Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino siguen en sus cargos. Su retórica es la habitual, pero de hecho quieren entenderse con Estados Unidos y hacer lo que se les ordene.

En ese contexto, el mundo quedó paralizado y nadie sabe que merece celebrarse y que no. Es que el presidente Donald Trump se salió del libreto tradicional.

Imperialismo dicen algunos, pero más bien como los imperios de la era antigua.

Lo cierto es que caído el dictador no se habla de restaurar la democracia. No se consulta con los líderes de la oposición. Y la lenta liberación de presos políticos empezó como una ocurrencia tardía.

No fue una prioridad.

¿Democracia, libertad, derechos humanos? Son palabras que desaparecieron del vocabulario. Trump hasta se dio el lujo de ningunear a Corina Machado que, si el chavismo hubiera cumplido el acuerdo de Barbados, hubiera sido la presidenta legítima de Venezuela.

Todas las declaraciones de gobiernos o partidos, críticas o favorables, fueron apresuradas. Imaginaron una realidad, pero se trataba de otra cosa. Se referían a un mundo que ya no existe. Usaron un lenguaje que dejó de tener sentido, piensan desde sitios que quedaron suspendidos en el aire.

La incertidumbre y la perplejidad, muestran que, desde su peculiar manera de ver el mundo, Trump se adelantó en sus jugadas y dejó a todos desacomodados.

Estimulado por el éxito de su operativo, Trump insiste en que de una u otra forma se va a apropiar de Groenlandia. Las declaraciones de los líderes europeos solidarizándose con Dinamarca y Groenlandia, reflejan un modo de hacer diplomacia, deseable sí, pero perimido por el momento.

Al presidente norteamericano le importa un comino lo que digan los europeos. ¿Otan, la alianza atlántica, la histórica sintonía entre Europa Occidental y Estados Unidos, la defensa de la democracia contra los totalitarismos? Son cosas de otro tiempo.

Si bien el fin de la Segunda Guerra Mundial fue complejo, con la amenaza nuclear, la expansión del comunismo, la guerra fría (recalentada en Vietnam y Corea), la tensa descolonización, las guerrillas marxistas o las dictaduras militares, hubo diversas situaciones que hicieron pensar que, pese a tanta inestabilidad, había valores superiores a cuidar.

La reconstrucción de la Europa de posguerra, la creación de lo que hoy es la Unión Europea, la consolidación de democracias occidentales prósperas y con sensibilidad social, ayudaron a contrastar con lo que pasaba del otro lado de la cortina de hierro, con pueblos oprimidos, acallados, maltratados y empobrecidos.

Si bien por el mero paso del tiempo y también por decisiones equivocadas, ese modelo de democracia y de economía social de mercado se fue desgastando, sigue siendo lo mejor que pudo mostrarse en cuanto a calidad de vida, convivencia armoniosa, tolerancia, libertad y solidaridad.

Ese mundo es el que Trump desprecia y quiere dar por terminado. Europa le da lo mismo. Revitalizar el negocio del petróleo es lo que lo llevó a realizar su operativo en Venezuela y para eso no tiene problema en acordar con Delcy Rodríguez, emblemática figura de lo peor del chavismo.

Pese a que sigue siendo la mejor forma de convivir, con libertad y tolerancia, con gobiernos de poderes limitados como antídoto contra los despotismos, este es un momento donde la democracia no importa.

Quien se anime a defenderla es un “tibio” que piensa con parámetros de otra época.

Hay un hecho cierto y lo de Venezuela no hace más que confirmarlo. La lógica con la cual varias generaciones entendieron al mundo, con sus ideologías, sus conflictos y su forma de resolverlos, no tienen cabida hoy.

La locuacidad peculiar que caracteriza a Donald Trump, refleja el deseo de imponer otra manera de funcionar, totalmente alejada de lo conocido: cuesta entenderla y saber cómo afrontarla.

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