El episodio del portaviones ha dado mucho que hablar, más que nada por lo absurdo de algunos de los cuestionamientos. No todos ellos lo fueron: si un avión militar extranjero debe contar con venia parlamentaria para entrar a territorio uruguayo, ese trámite debe cumplirse. Parece banal, pero no lo es, forma parte de cómo se relacionan los tres poderes, independientes entre sí y qué lugar le corresponde a cada uno.
No es la primera vez que pasa, lamentablemente, pero sería saludable para las instituciones democráticas que esto no vuelva a ocurrir. Detrás de la mera formalidad, hay un significado de peso para que este requisito se cumpla, reqisito que tampoco exige un esfuerzo desmedido.
Lo absurdo fue la reacción de algunos dirigentes frentistas, incluso de quienes integran el gobierno, cuestionando al presidente Orsi por ir mar afuera para visitar este impresionante portaviones norteamericano, invitado por el gobierno de Estados Unidos a través de su embajador Lou Rinaldi. Otros presidentes de la región también aceptaron la invitación cuando el portaviones estuvo cerca de sus costas.
El enojo de los frentistas no es porque se salteó la formalidad parlamentaria sino porque le rindió pleitesía al imperialismo yanqui. Nada que se parezca a una cercanía con ese país, puede ser aceptado. “Yo no hubiera ido” dijo el ministro de Trabajo y dirigente del Partido Comunista, Juan Castillo. ¿A quién le importa saber que el no hubiera ido? Castillo no es el presidente de la República y por lo tanto no tiene las mismas obligaciones y responsabilidades. Es muy fácil predicar desde las alturas cuando uno no está en el lugar del otro, más cuando ese otro sí es el presidente.
Orsi hizo bien en aceptar la invitación. En estos tiempos que corren, la realidad internacional se ha vuelto imprevisible y genera enorme incertidumbre, Orsi fue elegido por el Frente Amplio y por lo tanto es natural que desde su posición de
izquierda pueda tener reparos respecto a la política norteamericana, y más cuando esta actúa con el disruptivo estilo de Donald Trump.
Si bien cuidadosa, la política exterior uruguaya, al arrimarse tanto a la brasileña, puede generar alguna irritación en Washington. Por eso, el cuidado en estos gestos importa.
Los dos presidentes frentistas anteriores, tuvieron buenas relaciones con el “imperio” y con sus presidentes. Tabaré Vázquez se entendió con el republicano George W. Bush y lo recibió en Anchorena con todo su gabinete. José Mujica a su vez se llevó bien con el gobierno de Barack Obama y hasta la hizo un favor, el de recibir a personas que, tras los atentados contra las torres, terminaron prisioneras largo tiempo en Guantánamo.
Ni Obama ni Bush tenían estilos comparables al de Trump, si bien ante los atentados a las torres Bush respondió con dureza, adoptando medidas de emergencia que implicaron cercenar libertades y aceptar métodos dudosos, por decir lo menos, de interrogatorios. Trump, es otra cosa, un fenómeno en sí mismo, alarmante, provocador e imprevisible.
Pero aún siendo muy diferentes, para la lógica de Castillo y de otras figuras comunistas, son todos igual de imperialistas. Que Trump exprese una realidad inédita y distinta a todo lo conocido, no cambia nada. Para esta gente, él y Obama son la misma cosa.
Más allá de a qué partido pertenece, la primera responsabilidad de un gobierno es hacia su país y a su gente, toda su gente. Por eso, cuando tiene que expresarse en cuestiones de política exterior, debe moverse con sabiduría, sutileza y prudencia. Más en estos tiempos, donde las formas tradicionales de hacer diplomacia están quedando fuera de uso y nadie sabe muy bien cómo actuar ni como responder ante cada situación.
Así como el presidente viajó hace unos meses a China en el entendido de que lo hacía para bien de los intereses de su país (China es un importante comprador de nuestros productos), así también y por los mismos motivos, fue importante que se trasladara hasta el portaviones en una visita que además de mostrar buena vecindad, debe haber sido muy interesante.
Castillo tiene una larga trayectoria de militancia comunista, tanto en lo político como en lo sindical. Por lo tanto, si bien su comentario resultó algo trasnochado, era de esperarse de él algo así. Tiene su catecismo bien aprendido y nunca lo va a dejar de lado. El problema es que integra un gobierno que siendo de izquierda no es comunista. Tiene a figuras de ese partido en su equipo, pero ni el gobierno es comunista, ni lo es el país. Entonces, cuando se trata de asuntos que son “delicados” para la izquierda, si forma parta del gobierno debe ser más cuidadoso cuando hace una declaración.
Se puede, y se debe, discrepar con ciertos pasos dados por el gobierno en política exterior. Pero es imprescindible exigirle que al menos mantenga un cuidadoso equilibrio en sus gestos y declaraciones. La ida al portaviones demostró que lo puede hacer. Sería deseable que así siguiera.