Leonardo Guzmán
El fraude perpetrado por quien fuera Juez de Penal 14º se ganó el estupor y la repulsa por igual de los iniciados en Derecho y los legos. En temas de robo y falsificación, para indignarse no hace falta ser muy leído. Bastan los consejos de Don Quijote a Sancho para que gobernase Barataria y los refranes que supieron transmitirse por siglos los despiertos lúcidos que, con pocos libros y mucho alerta, construyeron la trama moral de la civilización.
Se anuncian más investigaciones, auditorías, sumarios. Insumirán meses o años. Y el tiempo hará su obra. Pero no es del caso arrellanarnos a esperar tranquilos más conclusiones para agregar a la podredumbre comprobada: la transgresión evidenciada no es cuestión de cantidades; y los ciudadanos con conciencia del Derecho -que somos legión- tranquilos no podemos quedarnos.
Es cierto que el deplorable episodio ha servido para confirmar que seguimos siendo un pueblo donde hechos de esta laya son noticia que impacta y no trivialidad que resbala.
También es cierto que se ha evidenciado que si grande es la mancha descubierta, mucho más grande fue la fuerza de espíritu que evidenció el Poder Judicial al movilizar la indagación por sí solo -sin denuncia de ningún damnificado y sin corporativismos paralizantes-, al tramitarla con ejemplar sigilo, al concluir la etapa presumarial por un procesamiento rigurosamente fundado y al transmitirlo a la ciudadanía con alta conciencia institucional y republicana.
Pero todos sentimos que esos resultados positivos -colaterales a una tragedia moral que no debió ser- resultan insulsos y poco concretos para el común, que necesita creer y saber que la Justicia es intachable y que el Derecho construye verdades normativas cuya garantía es la tradicional integridad de los Jueces. La opinión pública lo necesitó siempre; y lo espera más ahora, cuando todo cruje porque se ha debilitado y caído la convicción de que las normas jurídicas tienen como base un imperativo moral incondicionado de amor y respeto al prójimo.
En el Uruguay de hoy, la reconstrucción del Derecho requiere mucho más que el esfuerzo de la Justicia por depurarse y perfeccionarse. Ese esfuerzo es imprescindible y a él debemos concurrir todos, marcando con presteza militante las desviaciones y las erratas que violen principios. Pero sería un error creer que podemos cimentar nuestro Derecho con solo mejorar la formación de los Magistrados y aumentar los controles en su organización. Sería un error, porque la decadencia del Derecho -que infamemente asesinó antenoche a nuestro guardia de Uruguay y Paraguay como antes a tantos- no se origina en la calidad de la Justicia sino en la pérdida de los sentimientos normativos. Y eso finca en la caída de la formación de la gente, es decir, en la cultura, cuna del Derecho.
En el Juez que se emocionó cuando cumplió el amargo deber de procesar a una colega, se unificaron -por encima de Kelsen- los valores de la persona y del Derecho, como manda nuestra Constitución.
En el país que se estremeció con el perjurio de una Ministra de Tribunal debemos unificarnos todos los que sabemos cuánto vale el Derecho y sentimos cuánto debe esperarse de cada persona parida y educada en el Uruguay.