Tomás Linn
Tomás Linn

El paro del jueves

El jueves se hizo el paro en la enseñanza pública. Fue convocado por la Federación Nacional de Profesores (Fenapes), un sindicato carente de todo prestigio, respetabilidad y credibilidad.

Una vez más, los perjudicados fueron los estudiantes de los liceos en barrios vulnerables. Pero por más que se insista con que esto es así, poco les importa a los dirigentes de la Fenapes.

Los motivos del paro fueron, al parecer dos. Por un lado reclaman por el cierre de 36 grupos que se hizo en algunos liceos y que ellos adjudican a un recorte presupuestario. Por más que haya sido así, lo cierto es que en cualquier sistema de enseñanza habrá tantos grupos como alumnos haya, más allá de cual sea el presupuesto disponible.

El sindicato también cuestiona que un ajuste pedagógico, un cambio curricular importante, se realizó en forma “totalmente inconsulta”, en probable alusión a los Centros Espínola.

La autoridad educativa es la Anep, no es el sindicato. Es ella quien decide y responde por los cambios que haga. Consultará a los expertos que crea conveniente pero no está obligada a hacerlo con el sindicato, cuya función (o sea, donde es experto) por definición es la de hacer reclamos salariales y laborales pero no tiene por qué saber de políticas educativas.

Más allá del paro, hace rato que el sindicato parece pararse en el lado equivocado de los hechos. Se suma a la cantinela de que la Ley de Urgente Consideración busca la privatización de la enseñanza pública si bien no hay una sola línea que siquiera lo insinúe. Lo paradójico es que la pretensión sindical de ser parte de las decisiones, lleva en realidad a privatizar la enseñanza.

Fenapes es una organización social no estatal, por lo tanto es privada.

Solo representa a su afiliados: no al resto de los docentes y menos aún al resto del país.

Fenapes enfrenta además el asunto de los docentes sancionados por haber hecho desembozado proselitismo político en un liceo en San José. Según la Constitución los empleados públicos tienen prohibido hacer proselitismo en locales estatales.

Más aún lo tienen los docentes, dentro del concepto de laicidad en centros de enseñanza. Cometieron entonces una falta gravísima y sabían a qué se exponían. Ahora quieren llevar su caso a la OIT, pero parece poco probable que alguien los tome en serio.

Sigue pendiente el escándalo por el abuso de licencias sindicales que fueron, por lejos, mucho más allá de las ya autorizadas. Sin embargo se hacen los ofendidos. Ofendidos deberían estar los padres y estudiantes: se les adjudicó un profesor que nunca iba. Y por supuesto, la directora que día por medio debía salir presurosa a llenar ese hueco imprevisto.

El ejemplo cundió y parece estar de moda entre los docentes faltar con frecuencia a sus clases. Uruguay es uno de los países del mundo con un ausentismo docente disparatadamente elevado, respecto al resto del mundo. Los padres lo saben, los escolares y los estudiantes lo saben, las directoras lo saben, pero nadie dice nada.

Un estudio hecho por la OCDE con los países que participan en el programa PISA divulgado en noviembre de 2020 por Ceres, muestra que el ausentismo en Uruguay es de 61% mientras que el promedio global es de 19%. La diferencia es abismal. En las llamadas economías avanzadas, el ausentismo es de 17%, en el Sudeste asiático es de 11%, en Europa del Este 13%, y en América Latina llega a 35%, un porcentaje más alto que el promedio general, quizás perjudicado por las cifras uruguayas.

Estas cifras son una vergüenza para Uruguay y hacen muy difícil para cualquier gobierno emprender la tan esperada reforma educativa si la conducta de muchos docentes es, en lo posible, la de no asistir a sus clases.

Más allá de la discusión salarial, es evidente que son muchos los que se forman como docen-tes pero carecen de toda vocación para ejercer su tarea.

Bien podrían ser cajeros, agrónomos, guardas de ómnibus, médicos, dependientes en un comercio, todas tareas por lo general ejercidas por gente con mucho más responsabilidad que esos docentes faltadores. Por lo tanto es válido preguntarse por qué no cambian de empleo y se dedican a algo que les guste.

Quizás no lo quieran hacer porque en esos otros trabajos serían muy controlados y se les exigiría más. Allí nadie se “hace la rabona”.

La suma de estas situaciones da un resultado claro. El sindicato está entreverado en sus propias trampas y hay un sector del cuerpo docente que no está cumpliendo con su trabajo como es de esperar. El altísimo porcentaje de ausentismo así lo demuestra.

En este contexto, el paro del jueves es apenas un accidente. Hay algo mucho más grave, profundamente más serio, que envenena a la docencia y que proviene de los dirigentes sindicales que no tienen la talla ni para dirigir el sindicato, ni para ser docentes.

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