Lo que sigue fue escrito el pasado mes de setiembre bajo una aguda sensación de azoramiento. En ese mes de año pasado tuvo lugar una sucesión de hechos violentos que me llevaron a pensar que nuestro país se había latinoamericanizado definitivamente. Antes, en un pasado que es mi propio pasado, cuando se hablaba de la naturalización de la violencia, uno espontáneamente pensaba en Cali o en Tijuana. En esos lugares la violencia es parte del paisaje y parte del folklore. Acá, en Montevideo, era tan raro que se podía negar: acá esas cosas no pasan.
Pero en el curso del mes de setiembre (y en los que siguieron) sucedieron entre nosotros los siguientes casos. Un joven y localmente exitoso tik toker fue ultimado de seis balazos; le descargaron encima el tambor íntegro del revolver. ¿El motivo? Una discusión barrial, un pleito, por transitar con la moto por la vereda del vecino. Una banalidad y un muerto de seis balazos.
En otro barrio de Montevideo se genera otra discusión entre vecino por mascotas: ¡que me pateaste el perro! ¡qué te piso el gato! Y no se agarran a las trompadas -que ya sería jun exceso- sino que van a buscar un arma, vuelven, se tirotean y hay un muerto.
También en ese setiembre, en Durazno, tranquila capital del interior donde el paisaje de las arenas del Yi y el monte que la abraza invitan a la distensión, a la salida de un baile, con las primeras luces del día y las últimas copas de la noche, una discusión, una pendencia, cuatro balazos y un joven militar de franco muerto en la calle.
Lo que resulta más espeluznante de estos episodios, y cuestionador, es la combinación entre la minucia del motivo y la desmesura de la respuesta. En un país en el que nos creemos pacíficos y hasta lamentamos la pachorra con que se encaran las medidas de gobierno y que la geografía de la penillanura parece moderar todos los propósitos ¿cómo se lee una violencia cotidiana y desmedida? Y no es la violencia de narcos y ajustes de cuentas: es la violencia de uruguayos comunes y corrientes.
Nuestro país cuenta con un pasado de sangre derramada con demasiada facilidad en las guerras civiles pero, a la fecha, nos parece como algo muy dejado atrás. El tiempo del zanjar las diferencias políticas en las cuchillas a lanza y facón era más un relato que una noticia; era la evocación poética de Borges en su Milonga que este porteño, dedica a los Orientales: “Milonga del olvidado/ que muere y que no se queja/ milonga de la garganta/cortada de oreja a oreja”.
Este país nuestro encantó a aquel inglés que, después de un brevísimo recorrido por nuestra campaña, escribió un libro que tituló “La Tierra Purpúrea”. Siempre me resultó entrañable el embeleso de Hudson por el Uruguay y me conmueven las palabras con que cierra su libro y su viaje por nuestro país: Farewell beautiful land of sunshine and storm: “Adiós hermosa tierra de sol y de tormenta, de virtud y de crimen. Que a los que te invadan en el futuro les vaya como a los que te invadieron en el pasado y te dejen, por fin, ser dueña de ti misma” (traducción mía).
Eso, que te dejen ser dueña de ti misma, fue el deseo de aquel inglés a quien esta tierra encantó. ¡La libertad y la autenticidad! Para conseguir eso se derramó mucha sangre; me resulta tremendamente triste ahora el derramamiento de sangre por cuestiones personales: a veces hasta por menos…