El mundo ha ingresado a un tiempo de incertidumbre y de desarreglo. Nosotros, en este rincón del Plata, estamos a muchos kilómetros del barullo: sin embargo actuaríamos con imprudencia e insensatez si nos tranquilizara la distancia; en el mundo de hoy todo está más cerca y todo es más rápido.
Nuestro país, pequeño y periférico como es, corre o se detiene según lo que pase en el gran escenario. Cuando hubo viento de cola, cuando la soja valía 600 dólares y la carne no sé cuánto, nuestra economía volaba. Cuando el viento se da vuelta, cuando las condiciones externas se tuercen, nuestra economía se tranca o retrocede. De esta dependencia externa deberíamos haber aprendido hace tiempo: no despilfarrar la bonanza y, mucho menos, despilfarrar en la chicoria.
Es función propia de gobernantes, de dirigentes, pastores, formadores de opinión y similares, advertirle a la sociedad sobre las acechanzas y los peligros cuando empiezan a vislumbrarse en el horizonte. Hoy se ha instalado en el mundo un horizonte de nubarrones. Para algunos países la tormenta ya está desatada.
Nuestro país, hace bien pocos años y junto con todo el mundo, vivió un tiempo de amenaza, amenaza desconocida y amenaza mortal: la epidemia de Covid19. Lo sorteamos muy bien, mejor que otros países; tuvimos un gobierno que encaró el vendaval con serenidad y con firmeza, se asistió con un GACH ejemplar, no dejó que se apagaran los motores de la economía, rescató -y fue todo un símbolo- al Greg Mortimer abandonado por todos y, con la consigna central de libertad responsable, atravesamos la tormenta con éxito. El mundo entero habló del Uruguay y aquel gobierno recibió de parte de los uruguayos una aprobación mayoritaria y un respaldo contabilizado en dos plebiscitos.
¿Y ahora? El gobierno actual, como lo reconocen tirios y troyanos, todavía no tiene muy definido ni un camino claro ni un vigor contagiante. Desde el primer día se ha amparado en la queja de haber recibido todo mal del gobierno anterior; muestra con eso y sin quererlo desconfianza en su propia fuerza, adelantando la excusa de poder echar la culpa a otro del fracaso propio. Y la oposición corre detrás, rectificando esas afirmaciones del gobierno, contestando, respondiendo, sin proponer.
¿Quién le dirá algo al Uruguay en estos tiempos de amenaza? ¿Quién le dirigirá la palabra preparándonos para los tiempos difíciles? No hay por qué ponerse dramático pero es en los tiempos bravos cuando conviene recordar a los grandes gobernantes, por ejemplo Churchill, que en su primer discurso ante el Parlamento les dijo: lo que yo puedo prometerles es sangre, sudor y lágrimas.
En tiempos de dificultades es cuando son más necesarios los dirigentes que no cuidan la ropa (los costos políticos): no sirven los vacilantes, los que hacen todo para ser simpáticos, los que no se animan a conducir porque ellos mismos no saben a dónde ir.
Nadie tiene claro en estos momentos hacia dónde va el mundo, (a dónde va a ir a parar). Menos que menos lo sabemos desde acá, desde este suburbio. Pero hay que tomar precauciones, deponer rencillas, saltear prejuicios y disponerse virilmente a la lucha descartando lo que Real de Azúa llamaba “la confianza de que siempre serán atendidos”.