Es verdad que lo que se ve en las redes no es representativo de nada. Hay mucha cosa, mucho ruido, mucho enojo y poca esencia. Por lo tanto, lo que aparece en ellas debe tomarse con pinzas, pero no por eso subestimarlo. A veces aparecen ahí primeras señales de realidades a las que hay que prestar atención.
La inoperancia de este gobierno, que preocupa tanto al oficialismo como a la oposición, genera reacciones en las redes que llaman la atención. Cuestionan al gobierno, pero además dan a entender que la oposición tal como está concebida tampoco les satisface. Es más, entienden que la gestión de la Coalición Republicana en el período anterior fue pobre, insuficiente, complaciente y de alguna manera culpable de lo que está ocurriendo ahora. En definitiva, cuestionan a los políticos en general (del partido que sea) y los descalifican. Para ellos, hay otras figuras en el escenario mundial, que son referentes y un modelo a copiar acá.
Si bien líderes como Luis Lacalle Pou movilizan y generan entusiasmo, estas redes no lo consideran así y le urgen a que se parezca más a Milei, a Bukele, a Trump. Es difícil imaginar a Lacalle Pou copiando ese estilo. Y es bueno pensar que no lo haría.
Son líderes que al igual que los de izquierda (Chávez, Maduro, Correa, Morales, Kirchner) y con similar estilo populista-autoritario, surgen en situaciones críticas donde urge llenar un dramático vacío político. Los de izquierda prometen hacer los grandes cambios y los otros a poner orden y dar grandeza a sus países.
Al principio les va bien, surgen en situaciones de extrema crisis y hartazgo popular. Efectivamente ponen orden o mejoran la situación social, enderezan la economía o hacen que el Estado se encargue de todo, reducen la inseguridad o reparten prebendas a los más necesitados. Ante la
desesperación de la gente, esas acciones impuestas con autoridad permiten que dichos líderes alcancen niveles de popularidad muy altos. La gente los votó para eso.
Lo que no hacen, es consolidar instituciones democráticas, republicanas y liberales. Enseguida intentan neutralizar la independencia del Poder Judicial y amansar al Legislativo. No les importa mucho eso de la democracia, aunque lleguen al poder por la vía electoral. No le ven sentido a consolidar instituciones que darían estabilidad al país una vez que se vayan e incluso permitían que sus logros perduren. Se enamoran muy rápido del poder y pasado el primer momento, no lo quieren largar.
Les encanta comunicarse con un estilo personal que por lo general cae en el desprecio, los malos modales y la agresión soez. Chávez era un maestro en ello, Cristina Kirchner también. Javier Milei se deleita en una grosería que solo se parece a la de Trump. Y las sociedades donde gobiernan, les toleran esos desplantes.
Pretender que Luis Lacalle Pou sea como estas figuras, es no entender no solo al político, sino como se hace política en Uruguay. Su gestión fue bien valorada y lo fue porque no cayó en excesos ni en extremismos radicales. Tampoco hubiera podido caer en eso. Lacalle Pou llega a la presidencia en ancas de su partido que, como tantos otros, tiene varias corrientes y es necesario transar entre ellas. Lo hace además con apoyo de una coalición de partidos y con cada uno debió negociar, acordar, a veces ceder y por lo general moderar la iniciativa original.
Lo tuvo que hacer de ese modo, porque así lo quiso un electorado que prefirió repartir sus preferencias para que nadie, por sí solo, resumiera todo el poder.
Nunca hubiera podido acordar con sus socios fuera y dentro de su propio partido, tratándolos mal, siendo grosero, insultando. Tampoco hubiera logrado que sus socios se pusieran sumisamente a sus órdenes y terminaran siendo serviciales con él.
Por eso llaman la atención estos “manijeros” de las redes sociales pidiendo que en Uruguay se adopten modelos que acá, por ahora, no funcionarían. Ni deberían hacerlo. El respeto, la tolerancia, los buenos modales deben ser la conducta. La capacidad de acordar, negociar y a veces ceder, es resultado de como votan los uruguayos. Eso tiene su valor y es necesario aceptarlo y respetarlo. En definitiva, los modelos que tanto seducen a algunos operadores en las redes, han llevado al mundo al caos en que vivimos. Desde el desastre en que termina un chavismo inmoral y decadente, a la suma de problemas que hereda Ecuador tras el pasaje de Correa por el gobierno, pasando por la permanente agitación y crispación en la que vive Argentina con los Kirchner y con el estilo impuesto por Milei y terminando en este mundo donde hay más incertidumbre y temor que certezas, desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca.
Se dirá que mi defensa de una manera de hacer política y de defender y valorar la democracia, es propia de una inaceptable “tibieza”. Quizás sea así, aunque ella surge de una convicción muy firme. La prefiero, porque al final de cuentas, ahí está la garantía de nuestras libertades y derechos. Aún en su funcionamiento imperfecto.