Hernán Sorhuet Gelós
Estamos en la recta final de la Cumbre de Copenhague donde representantes de todos los países del mundo negocian aspectos que pueden llegar a ser trascendentes y decisivos para el destino de la humanidad.
Aunque existe el firme interés de las naciones desarrolladas de proyectar optimismo sobre los resultados que se obtengan en la COP-15, lo cierto es que en la conferencia domina un clima de preocupación y desilusión.
Bloques como el de los países africanos o los pequeños estados insulares denuncian el interés de priorizar los acuerdos a largo plazo en el ámbito de la Convención de Cambio Climático -integrada por todos los países- en detrimento del Protocolo de Kioto -que obliga solo a las naciones industrializadas-. Kioto es el único acuerdo concreto y en aplicación del que disponemos, para reducir emisiones de gases de efecto invernadero y promover ayudas económicas y transferencias de tecnologías limpias hacia los países en desarrollo.
Uno de los problemas mayores es que las rondas de negociaciones están fragmentadas por áreas específicas, aunque están todas muy relacionadas. Por ejemplo, no se puede avanzar en estrategias de mitigación sin considerar las de adaptación y viceversa.
Como bien dijo el Secretario Ejecutivo de la Convención, Ivo de Boer, para que Copenhague sea un éxito el nivel de ambición de los acuerdos tiene que ser equiparable a la gravedad del problema. Por lo tanto, esto requiere un nivel de cooperación sin precedentes no solo entre gobiernos, sino que deben estar involucrados los países en su totalidad, organismos y el sector privado.
Se sabe que de aquí al viernes no se logrará un acuerdo ambicioso, aunque seguramente habrá anuncios alentadores. Lo importante se postergará por lo menos para la COP-16 a realizarse dentro de un año en México.
Es una lástima que así ocurra. La urgencia de solución de los problemas ya instalados en todo el planeta lo verifica. Pero además estamos dejando pasar una oportunidad única e inesperada, provocada por la crisis económica y financiera internacional. Una de sus consecuencias es que se constató un descenso en las emisiones de gases debido a la retracción de actividades y de consumo.
Mientras la economía se va recuperando, se nos presenta la gran oportunidad de dirigir las nuevas inversiones que llegarán de todas partes, hacia una infraestructura de bajas emisiones en gases de efecto invernadero.
La oportunidad es breve y pasajera pues la recuperación de las economías está en marcha. Habría que aplicar nuevas políticas, medidas e inversiones "bajas en carbono" a un costo mucho menor de si se intentaran en épocas de estabilidad y prosperidad.
En el fondo, el cambio climático nos enfrenta a nuestra propia incapacidad de aplicar modelos de desarrollo sostenibles y justos para todos los habitantes del planeta. Nadie desea discutir seriamente que en pocas décadas la humanidad debería abandonar el consumo de los combustibles fósiles y que los costes ambientales deberían formar parte inseparable de la factibilidad de los emprendimientos y políticas de desarrollo.