¿Será que saben?

Esta columna es un “bonus track”. Es que al momento de publicar este texto, su autor debe estar tomando una “Original”, y picando una tainha frita, en uso de una breve licencia. Pero un episodio nos dejó atragantados, reflexionando, y optamos por volcar ese dilema en estas líneas.

Ocurrió el domingo pasado en el programa Séptimo Día, donde se organizó una mesa de politólogos y periodistas, para hacer un balance del primer año de Orsi. Las notas tuvieron disparidades impactantes, desde un modesto 4 de Adolfo Garcé, a un exuberante 8 de Mariana Pomies.

Más complejo todavía fue la calificación de la oposición. Ahí surgió una polémica, porque a juicio de quien escribe, no está claro cómo se juzga a un opositor. ¿Es por lo bien que se opone a todo? ¿Es por colaborar con el gobierno? ¿Es mejor la colaboración con un proyecto ajeno? ¿O es preferible que haya una alternativa que permita canalizar el descontento social de forma institucional?

Las dudas se duplican, porque están los antecedentes. Durante el gobierno de la Coalición Republicana, el FA tuvo una oposición cerril, que no escatimó ni ataques personales, ni caceroleos en plena pandemia. Pasó al olvido, pero es bueno recordar aquella campaña que acusaba al ex ministro Salinas de ser poco menos que un torturador en tiempos de la dictadura, cuando ni siquiera había asumido.

La política se guía por incentivos, y el principal es el voto. Si la gente premió con el suyo a un partido que tuvo esa actitud hace 5 años, ¿es lógico pretender que quienes fueron desalojados del poder no hagan lo mismo? Eso más allá del gusto personal, claro.

Y esto nos lleva a la polémica que motiva este artículo. Es que la tesis de varios analistas era que si al gobierno hoy no le parece ir muy bien, la oposición tampoco logra apoyo popular. De hecho, se manejó que los estudios de opinión pública sugieren que a la gente no le gusta el actual estilo “duro” de los opositores.

Para este autor eso es sarasa. Porque la gente está muy cansada del ciclo electoral eterno, porque nada de lo que haga un opositor, frente a un gobierno recién asumido, va a caer simpático. Y porque también en el gobierno previo, en los primeros tiempos las encuestas le daban horrible al FA. “La gente en el fondo no sabe lo que quiere. Se pasa diciendo que no quiere políticos peleándose, pero las notas que más se leen, son las de políticos peleándose”, dijimos.

Eso motivó una respuesta de Mariana Pomies, que dijo textualmente “la gente sí sabe lo que quiere. Pasa que capaz a algunos no les gusta lo que quiere la gente”.

Esta segunda parte de la afirmación es curiosa. Porque atribuye la conclusión de un análisis cerebral, a simpatías o antipatías de quien lo hace. Un estigma que suele acosar a quienes hacen estudios de opinión pública como Pomies, y cuyos trabajos suelen ser leídos exageradamente en función de quien los paga, para quien se trabaja, o qué dirigente le cae bien o mal a quien maneja la encuesta. De tanto padecer el estigma, se ve, éste se vuelve contagioso.

Pero dejando de lado estas banalidades, la pregunta de fondo sigue vigente. ¿Sabe realmente la gente lo que quiere? ¿Es honesta cuando en una encuesta dice que no le gusta la oposición, por ser opositora? Y nos vamos a reafirmar en nuestra visión. No.

La “gente”, esa entelequia abstracta y veleidosa, sabe que quiere que le resuelvan problemas. Quiere seguridad, trabajo, estabilidad... En otros tiempos quería también un liderazgo que la inspire y que la haga sentir orgullosacuando la representa en los foros globales, en discursos públicos. Claramente, ya no.

Pero después vienen los matices. Hay un porcentaje de la población que tiene una fuerte afinidad partidaria, y eso incide en su visión. Hay otros que no se enteran de nada, y opinan según se sientan esa mañana. Y hay grupos que comentan en función de lo que creen que queda mejor. ¿A quien no le gustaría un sistema político armonioso y colaborativo?

Después Salle saca 2 diputados.

Esto nos trae el recuerdo de aquella frase de Tabaré Vázquez de que “la gente a veces se equivoca”, una verdad grande como una casa. ¿Qué habría pasado si Churchill o FDR hubieran actuado en función de lo que quería la gente? ¿Hubiera Kennedy luchado contra la segregación racial, atendiendo a lo que quería “la gente” de Alabama o Mississippi en los 60? Cuando Lacalle Pou se negó a imponer la cuarentena forzosa, ¿qué porcentaje de la sociedad estaba de acuerdo? ¿Cuántos creen hoy que fue una decisión acertada?

Se trata de una visión incómoda para un liberal, que cree que la política debería ser de abajo hacia arriba, y no al revés. Pero actuar en esto en base a encuestas, o con la obsesión de dejar contento a todo el mundo, históricamente ha sido nefasto. Si. “La gente” muchas veces no sabe, no se informa... Y, sobre todo, cambia de opinión. Y eso es muy bueno.

Feliz año nuevo.

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